El mundo de divide en dos clases de personas: las que aman las bodas (ya sea porque comen hasta hartarse, se ponen como las Grecas o apenas salen) y las que las detestan (ya sea porque supone un importante desembolso, porque les deprimen o porque, como en mi caso, les sientan en la mesa de los apestados=solteros).

Luego está mi madre, para la que una boda se convierte en el acontecimiento clave sobre el que puede girar el resto del año. Aunque nunca me lo ha confesado abiertamente, creo que confía ciegamente en el dicho de que “de una boda sale otra”. Al fin y al cabo, ella conoció al que sería mi padre en la boda de un compañero de trabajo.

Si además la boda era de una prima del pueblo y se celebraba en el parador de la provincia, el acontecimiento adquiría tintes de histórico, y era necesario tirar la casa por la ventana. Estoy convencida de que hay aspirantes a Miss España que pasaron por menos trámites para concursar, que yo para ir a esa boda.

Mi madre me dejó una mañana en un centro de estética súper pijo y volvió por la tarde a recogerme. En una especie de agujero en el tiempo creo recordar que recibí un tratamiento revitalizante del cabello a base de caviar, perfilado de labios, limpieza de cutis express purificante, tinte de pestañas, presoterapia, amén de depilación corporal y facial con hilo. Lo extraño fue que mi madre me reconociera a la salida del sitio.

Hacía años que no iba de compras con mi madre y justo cuando puse el pie en la primera tienda recordé la razón: tenemos un sentido de la estética totalmente distinto. Mientras Glori considera que la altura del tacón es directamente proporcional a la amplitud del escote, yo creo en la máxima de “menos es más”. Aparte que no quería acabar descalza pisando los cristales de los vasos en el suelo, ni enseñando una teta mientras me creía Beyonce haciendo alguna de sus coreografías.

Mención aparte merecen su pasión por los colores pasteles (especialmente los lilas y violetas que no favorecen a nadie) y su gusto por los tules y encajes. Como no tenía ganas de discutir, ni menos aún de pagar por un traje que no me iba a volver a poner nunca si mi madre se ofrecía a hacerlo, acabé cediendo a sus propósitos.

Y así disfrazada de soltera sexy y apetecible pero decente (definición made by mi madre) me planté en la puerta del parador.

  • Mamá, ¿por qué no estoy sentada con papá y contigo en vuestra mesa?
  • Ah, es que si venías éramos impares y resultaba un lío para tu prima. Estás en la mesa número 10, con la tía Angustias, los mellizos de tu prima Mari Carmen, el cura del pueblo…
  • No sigas mamá, la mesa de los solteros y desahuciados.
  • Te equivocas, precisamente no te había dicho nada porque quería que fuera una sorpresa. Pero en tu mesa se sienta Simón.
  • ¿Qué Simón? Yo no conozco a ningún Simón, ¿no será algún primo tercero?, que luego cuando se mezcla la sangre pasa como con los Borbones.
  • ¿Cómo no te acuerdas de Simón? Si de pequeña estabas loquita por él. Si le ibas a esperar todos los días a la salida de clase para veniros juntos andando al barrio. Si todos los veranos te apuntabas a cursos de natación porque era el monitor.
  • (Me pegaba totalmente hacer ese tipo de cosas tan ridículas y patéticas pero no lograba poner cara a Simón) No consigo recordarle así que no sería tan importante para mí.
  • Seguro que en cuanto le veas te acuerdas, ahora lleva la empresa de tractores de su padre y se ha comprado un deportivo. ¡¡Además es dueño del club de futbol del pueblo!!
  • Todo un magnate mamá, como Abrahamovich. ¡Qué suerte!

Ilustración: El mono que pinta

La llegada de Simón interrumpió nuestra conversación y entonces caí. Caí en la cuenta de que aquel muchacho apuesto, monitor de piscina rubio de ojos azules, ahora apenas tenía pelo, usaba gafas de 5 dioptrias en adelante y presumía de una barriga construida a base de torreznos.

Simón, en cambio, aseguraba que me recordaba perfectamente. Es más, me contó que le daba mucha pena que fuera tan poco por el pueblo,  mientras chupaba con fruición las cabezas de los langostinos y aseguraba que el vino de la comida era un vino mu bueno porque él sabía de estas cosas.

Yo miraba a la tía Angustias implorando una conversación banal sobre cualquier cosa, o con el cura sobre las misiones o el Domund, pero me ignoraron por completo. Simón solo sabía hablar y hablar de lo tierna que era la carne de los solomillos y lo fresco que era el pescado, aunque no comprendía para que habían traído otro cuchillo extra.

Cuando atisbé un grupo de chicas que iban a cortarle la liga a la novia me uní sin pensármelo. Lo que fuera con tal de escapar de la mesa y de Simón. Incluso pegarme con el resto de chicas para coger el ramo, o ayudar a repartir puros a los invitados. O sujetar el vestido de la novia mientras hacía pis.

Sin embargo, a la hora del baile, Simón me logró atrapar…

Continuará

Simón, el de la boda II
Ramón, el gafe
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