Vamos Esther, sal a bailar, que tú lo haces fenomenal. Tu cuerpo se mueve como una palmera suave, suave, su-su-ave.

Si a los Gremlins no conviene alimentarles después de las doce porque se convierten en monstruos, a mí no conviene darme determinados tipos de alcohol después de esa misma hora. Sobre todo si después va a sonar Beyonce o Lady Gaga, porque me vengo muy arriba. Me creo la reina del baile y soy capaz de quitar el micrófono al cantante de la banda que esté tocando, o los platos al Dj (o el ratón del ordenador). Lo peor es que suelen permitírmelo. (El secreto está en poner ojitos de gato de Shrek)

Después de mi primer agujero espacio temporal (en el centro de estética), tras el banquete de la boda viví el segundo. Recuerdo ciertos flashes en los que me encontraba en el asiento de atrás del deportivo de Simón, con su corbata anudada en mi cabeza viendo como oscilaba el muñequito del Fary que colgaba del espejo retrovisor.

Otro agujero espacio temporal y estaba tumbada en mi cama, con restos de maquillaje y los ojos como un mapache. La luz entraba a raudales por la ventana e iluminaba mi cama donde había unas peladillas, un trozo del liguero de la novia y la cabeza del muñeco de la tarta nupcial.

Mi madre entró en ese momento con un termo gigante de café, una ristra de aspirinas y una sonrisa de oreja a oreja (solo le faltaba que le acompañasen los pajaritos como a Mary Poppins).

  • ¿Por qué sonríes mamá? ¿Qué te hace tanta gracia?
  • El mismo chiste del que te reías tú anoche, que no parabas de reírte. He pillado yo ahora la gracias, no te digo. ¡Que no, Esther! Es porque estoy contenta. Fue una boda me-mo-ra-ble.
  • Si tú lo dices… Ahora me meteré a Facebook para verlo.
  • No sé si te dará mucho tiempo. Viene Simón a buscarte en una hora.
  • ¿A mí? ¿Para qué?
  • Para ir a la capea de los Miguelez. Si te lo dijo ayer, te ha estado llamando al móvil pero lo tenías apagado. Me ha dicho que te diera el recado, sobre las dos vendrá a recogerte.

Tan puntual como un reloj Simón apareció en mi portal bien de venido de arriba para la capea preguntando por qué había tardado tanto en atalantarme. Me saludó con un beso en los labios que me ya me hizo sospechar que la noche con el muñequito de Fary había dado para mucho.

Ilustración: El mono que pinta

Nada más llegar una horda de gente se acercó a saludarme con vasos de sangría, botellines y hasta una bota de vino. No quise parecer maleducada y bebí de todo, hasta de un porrón, sin miedo a contagiarme del Zika o parecido.

Y venga brindis, y venga besos de gente a la que no entendía cuando hablaba: ToitaigualcatuprimaMaribel. Y venga panceta, y venga chorizo, y venga pan de pueblo (que eso es pan de verdad y no pan flix de masa congelada) y venga zarajos (y no comas deprisa por si te añurgas) .Y venga a preguntarme por tías abuelas que nunca había conocido. Y venga a animarme a que respirase fuerte porque eso era aire puro y a que saliera a dar unos pases con un trapo rojo que tenía más mugre que el rabo de una vaca. Y venga moscas y mosquitos por todas partes y posándose en toda la comida sin que a nadie le importase (No te va a dar un patatrinqui por eso, me decían).

Cuando empezó a caer el sol y la gente empezó a dar muestras de cansancio pensé que había llegado la hora de volver a casa, ¡aleluya! Me equivocaba, Simón vino a por mí para contarme que efectivamente la capea había acabado pero que ahora nos íbamos a tomar algo a la plaza del pueblo. (¿algo, algo más?) No podíamos dejar de cumplir la tradición de acabar el día echando horas tomando botijos y hablando únicamente de coches y de perros – a juzgar por la conversación que estuve oyendo durante varias horas-.

  • Le he puesto unas pedazo de llantas al coche que me las han traído el Tomas del desguace, de un Audi, nuevecitas.
  • Pues tío, yo voy a poner asientos de cuero que a la Yoli le encantan para cuando vamos detrás del cementerio.
  • He pillado tirado de precio un subwoofer de segunda mano que parece que tienes al Dj Nano pinchando a tu lado.

Ya había entrado la noche y allí no se movía nadie. Yo solo pensaba en mi casa, en mi cama, en descalzarme, y empecé a bostezar sin disimulo alguno. Claro, que un bostezo al lado de hurgarse las encías con un palillo o escupir cada dos por tres no podía interpretarse como un signo de mala educación.

Me levanté de la mesa y anuncié que me marchaba. Simón no entendía que no me quedase justo cuando se iban a montar en quads por la montaña -una cosa súper divertida- y más de noche. Le hice la cobra con toda la dignidad de una chica de ciudad cuando nos despedimos, pero no pude evitar que me agarrase de la mano y me emplazase al día siguiente que había romería para llevar a la Virgen a la ermita.

No sé qué cable se me cruzó pero me giré como la niña del exorcista y empecé a gritar:

  • Simón ni romería ni romerío. ¿Crees que podría aguantar otro día más así? No más capeas, no más bichos, no más palabras que no entiendo qué significan. Necesito mi asfalto, mi contaminación, mi metro, mis cafés en vaso de cartón por 4 euros y mis baguettes y mouffins de 5 euros (de masa congelada por supuesto).

Y me puse a andar y andar sin mirar hacia atrás hasta que me di cuenta que había entrado en unos huertos y me había perdido. No tenía cobertura y me dolía todo. Suerte la mía que el loquillo del pueblo, Andrés, andaba por esa misma zona para ver si avistaba ovnis que la noche era rasa. Nada como volver a casa en su tractor mientras mi madre y mis vecinos me jaleaban.

Adriano, el coqueto.
Simón, el de la boda
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