La vida tiene extrañas casualidades siempre, como que días después de mi cita con Sergio reestrenasen en los cines Blade Runner, una versión editada por el propio director, Ridley Scott. Todo un acontecimiento que un auténtico fan no podía pasar por alto. Por lo que, para sacarme de la ignorancia cinéfila donde vivía, el muchacho decidió invitarme al cine.

En contra de lo que había imaginado, el día convenido no apareció ataviado con el traje de ninguno de los personajes de la película ni con ningún artículo de merchandising, pero sí que estaba muy nervioso porque era una ocasión única para mí, según me confesó. Como un bautismo o un rito de iniciación, y yo sin túnica blanca.

Como era de esperar, Sergio se sabía todos los diálogos de la película y los iba diciendo en voz baja pero lo suficientemente audible para que yo me fuera hundiendo en la butaca del cine pasando mi cuota de vergüenza. No quitaba ojo de la pantalla y vivía cada secuencia con emoción y hasta con lágrimas.

Ilustración: Robert Smith

El momento estelar lo vivimos al final de la película, cuando se puso en pie muy digno en medio del cine y, a la vez que el último replicante, recitó en voz alta: “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo… como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.

Yo estaba paralizada y estupefacta. Pero lo más alucinante es que una chica que estaba sentada unas filas más adelante se había levantado también y había recitado a la vez el monólogo aquel. Todo el cine rompió a aplaudir mientras yo me iba escurriendo hacia el suelo muerta de vergüenza.

Al acabar la película, Sergio salió de la sala con ojos brillantes como si hubiera vivido una experiencia mística o un orgasmo más bien. No podía hablar de la emoción y estaba al borde de las lágrimas. Yo no daba crédito, la cinta estaba bien (sobre todo Harrison Ford de jovenzuelo y el invento del secador express) y más aún si la comparabas a Colega, ¿dónde está mi coche?, pero no alcanzaba a entender cómo podía provocar esas sensaciones en una persona.

Mientras seguía con mis dudas mirando al suelo casi me choco con la chica que se había levantado a recitar el soliloquio aquel junto a Sergio. Le reconocí porque llevaba el pelo blanco, como Daryl Hannah, y su mismo corte (eso en un cine oscuro brilla y se ve). Cuando alce la vista y la miré comprobé que tenía la misma cara de alucine que Sergio.

Sin mediar palabra para no sacarla de su mundo Bladerunniano (que me perdonen los fans si no es el gentilicio correcto) la cogí de la mano para llevarla a nuestro lado. Como si fuera un ayudante de Cupido en versión castaña y sin alas me vi en la obligación de presentarles, lo que Blade Runner había unido no lo podía separar una ignorante del séptimo arte.

Tiempo después Sergio me escribió, estaban saliendo y les iba bien. Aseguraba que había encontrado su media naranja en la versión 2.0 de Daryl Hannah y me lo debía a mí. Me quise quitar méritos, al fin y al cabo había sido cosa de Ridley Scoot.

Jaime, el encantador I
Sergio, the Blade Runner I
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