Siempre he sido una persona a la que le cuesta decir que No, si no, no se entendería que dé tantas oportunidades a mamarrachos. Soy la típica que tiene tarjetas de socia de todas las tiendas de ropa porque no sé cómo decirles que No, sobre todo cuando el dependiente de turno me pone “ojitos suplicantes”. No solo de las tiendas, también tengo de las perfumerías de todo Madrid. Y de las tiendas de productos congelados. (Tanto criticar a Jaime por tener tarjetas de tantos supermercados)

Por tener tengo hasta una tarjeta de franquicia de tiendas de té, que tampoco es que consuma mucho. Pero cuando la dependienta me explicó que si llegaba a una determinada cantidad me regalaba 100 gramos de té ni me lo pensé. Con un regalazo así… ¿quién puede negarse? Lo más grave es que consiguió que me apuntara a un curso de iniciación a una bebida que apenas tomo. Menos mal que era gratis.

Así que allí estaba yo un sábado por la mañana, madrugando además, con un montón de señoras y señores que compartían mi supuesta afición por el té. Señores que no bajaban de la cincuentena, yo que tenía entendido que beber té era para hipsters y normcores de esos.

Cogí un asiento hacia el final de la salita y me dispuse a echarme una cabezadita mientras el profesor comenzaba a contarnos los orígenes milenarios de la bebida. Cuando estaba casi a punto de caramelo, o de ronquido, según se mire, un muchacho perturbó la paz de la sala.

Me froté los ojos para comprobar que el chico en cuestión bajaba bastante la media de edad y subía la de la apariencia física. Alto, guapete, con barba cuidada, ojos color miel… para mí que se había equivocado de curso. Pero no, Samuel era un devoto bebedor del té, y estuvo toda la clase muy pendiente de la explicación; y yo, mientras, pendiente de él.

En el momento degustación aproveché para acercarme y desplegar todas mis armas de seducción. Me maldije por llevar el pelo sucio recogido en una coleta y los vaqueros más cómodos del armario, por no mencionar la sudadera de las fiestas de la peña del pueblo.

Pero Samuel era del tipo de hombre que no se fijaba en esas cosas, o al menos eso me dijo en nuestra cita. Porque sí, ¡hubo cita! Y tampoco hubo que insistir mucho ni ronearse hasta extremos indecorosos. Surgió de manera muy natural y eso me gustó.

Ilustración: Robert Smith

Quedamos para tomar el té, como no podía ser de otra manera. 5:00 p.m. en un local hipster del centro. Samuel me tenía fascinada. Era un hombre muy inteligente y despierto que no solo sabía del mundo del té, sino de música, cine y literatura. Además había viajado por medio mundo (¡y solo! Siempre he admirado a la gente que viaja sola).

Encima no era un pedante ni un “tolosa”. Me tenía entregadita, y también un poco acojonadita. No quería parecer una ignorante que no había visto las películas de Kubrick ni las de Woody Allen (me duermo nada más empezarlas) ni que podía seguir una conversación sobre Milan Kundera. Cuando se hacía algún silencio me devanaba los sesos intentando decir algo que fuera inteligente y ocurrente, que estuviera a su altura. Y no quedármele mirando con una sonrisita de boba pensando ¿cómo es posible que este hombre pueda estar interesado en mí?

Nuestra segunda cita llegó unos días después. Samuel me propuso ir al Museo de Historia Naval. Yo me preparé a conciencia, empollé. Esta vez no iba a haber ningún silencio embarazoso, los rellenaría con comentarios ingeniosos sobre barcos y la vida en el mar (Por Dios, Motín en la Bounty es uno de los libros más aburridos que he leído nunca, después de Moby Dick, y que me perdonen sus fans). Y si no tenía anécdotas interesantes que aportar me las inventaría. Mis amigas me decían que me relajase, que le tenía que gustar siendo yo misma (sobre todo después de bombardearles el Whatsapp con mil fotos de los posibles modelitos) Pero yo me preguntaba cómo siendo yo misma podía gustar a alguien tan interesante y tan encantador.

No salió como yo esperaba. Me empecé a hacer un lío con los nombres y fechas de batallas navales importantes,  (Ambrosio Bocanegra estuvo a punto de morir en Trafalgar) y con nombres de capitanes y sus navíos (la fragata Nuestra Señora de las Mercedes pudo ser la culpable de la derrota de la Armada Invencible). Samuel ponía mirada de condescendencia y sonreía. Yo no hacía más que sudar y pensar que seguía sin estar a su altura, que no volvería a querer quedar conmigo por el ridículo que estaba haciendo.

Cuando me mandó un Whatsapp emplazándome a una tercera cita casi se me sale el corazón por la boca. Me proponía ir a tomar algo con su grupo de amigos. Lejos de pensar que eso podría ser una buena señal, me estresé más aún, ¿y si me estaba poniendo a prueba? ¿y si me tenían que dar el visto bueno sus colegas? ¿de qué hablarían ellos? ¿me daría tiempo a estudiar la Wikipedia entera?

Los amigos de Samuel eran como él, esa gente que ya he hecho el camino de Santiago varias veces, se sabe todos los estilos arquitectónicos de los edificios por los que pasa, no le queda país europeo por conocer, ni exposición de pintura en la ciudad por ver. Como una convidada de piedra, yo solo asentía y reía, incluso con las gracias que luego resultaba que no lo eran.

En el umbral de mi casa cuando nos íbamos a despedir me miró muy serio:

  • No digas nada Samuel. Ya sé lo que me vas a decir, que te aburres conmigo, que no estoy a tu altura. Tú necesitas alguien más culto, más inteligente, con mejor conversación.
  • No te entiendo, Esther. En estas tres citas he estado muy a gusto, y creía que tú también. Sí que te he notado muy nerviosa e impaciente, pero tampoco quería agobiarte preguntándote porqué.
  • ¿Tanto se me nota? Si cada vez que quedamos pierdo medio litro de líquidos con lo que sudo de los nervios. En el fondo sabía que éste momento iba a llegar tarde o temprano. Será mejor que lo dejemos aquí Samuel. Ni mi mente ni mi cuerpo pueden aguantar este nivel de estrés y exigencia.

Y me metí en mi casa, a llorar como una idiota, y a autocompadecerme un poquito más. Con el tiempo he llegado a ver la historia con cierta perspectiva y a lamentarme una y otra vez por autoboicotearme de esa manera. Yo misma me encargué de cargarme cualquier posibilidad de relación por unas exigencias que solo veía yo. Si queréis un consejo: no os apuntéis a ningún curso sobre el té.

Luca, profesor de inglés
Freddy, que es como Alfredo pero yendo de guay II
Categories: Citas

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