¿Os acordáis de Adela? Aquella delegada de mi curso triunfadora de la vida que pillé llorando en el balcón de su casa cuando la reunión de ex alumnas. El otro día me llamó y no fue para agradecerme mi gesto. Sino para decirme que, como me vio tan sola, había pensado que me vendría bien salir y conocer gente (la muy perra).

Me pasó el contacto de su primo Ramón asegurándome que no tenía nada que ver con ella, solo que había tenido mala suerte en el amor, como me había pasado a mí. (perra al cuadrado)

Y le escribí a los dos días de que me pasase su contacto. Para no parecer una desesperada, claro.

Hola Ramón, me ha pasado tu contacto tu prima Adela. ¿Qué te parece si quedamos un día y nos tomamos un café para conocernos? Un beso Esther. (perfecto, solo me ha costado cuatro intentos)

Una hora, dos, tres, una tarde, una noche…

24 horas después. Hola Esther. Soy Ramón. Perdona la tardanza en contestarte. Tiene una explicación. Perdí el móvil ayer por la tarde, con todos los contactos. Fui a la tienda cuando salí de trabajar a última hora. Estando esperando en la fila de la tienda de telefonía se fue la luz y tuvieron que cerrar. Volví al día siguiente y cuando tuve uno nuevo me di cuenta de que no podía recuperar el historial de WhatsApp. Como no quería pedirle tu numero a mi prima, porque iba a decir que soy un desastre, le pedí a su marido que se lo mirase en su teléfono sin que ella se diera cuenta y me lo mandase. Le ha llevado todo el día conseguirlo y ahora por fin puedo escribirte. Espero que aún tengas ganas de que nos tomemos ese café, yo tengo muchas ganas desde luego. Un beso.

Aunque parecía una historia demasiado enrevesada para ser una excusa, le creí. Soy la típica persona a la que también le puede pasar eso, o peor (que se te caiga el movil en un water, publico, ademas. Y por vergüenza nunca lo recuperes). Por lo que que después de decirle que si, que adelante con ese cafe, incluso acepté que lo cambiase por un picnic al aire libre, para compensar la espera.

Si pensáis que soy lo suficiente superficial para volverme loca pensando un look para ir a un picnic e incluso comprarme un outfit ad hoc, no os equivocáis. Hasta sombrero de paja me pillé.

En la previsión metereológica del día anterior a la cita anunciaban un sol espléndido, pero cuando salí a la calle hacía un vientazo que ni el Sahara. Adiós sombrero y hola estalactitas en mis pies por las maravillosas sandalias ad hoc.

Pero allí estaba Ramón, en mi portal, desafiando al viento con su enorme sonrisa y sus ojos pequeños y marrones. Abriéndome la puerta del coche, como un auténtico caballero, solo le faltó besarme la mano. Una vez en el interior me dijo que su prima le había advertido que me gustaba mucho los grupos británicos (The British Invasion, que cuando quiero puedo ir muy de guay). Por lo que había preparado una selección de temas para que fueran las banda sonora del viaje. (Minipunto para Ramón)

– Si no te gusta el reggateon dale

Espera, esta no es.

– La cosa esta bien dura, la cosa esta divina. Perú con Honduras, Chile con Argentina

– Me he debido de equivocar de pen.

– No te preocupes, no hace falta música, así vamos hablando. (El muchacho lo está intentando, aunque traiga The Reggaeton Invasion)

Durante el trayecto, Ramón empezó a contarme todos los accidentes que había sufrido a lo largo de su vida. Se rompió la rodilla esquiando, se le salió el hombro nadando, casi se secciona un dedo cortando el pan, se pilló el pie con una puerta del metro, estuvo a punto de atragantarse  con un bocata de calamares… Lo que se dice mala suerte a la máxima potencia.

Tras casi una hora de viaje escuchando su sarta de accidentes llegamos a un camino sin asfaltar a la entrada de un tupido bosque. Ramón freno el coche y empezó a maldecir a su GPS. Según el, nos había perdido y no nos había llevado al sitio que quería ir. Lo peor era que no teníamos cobertura y estábamos perdidos en medio de la nada.

Le dije que no perdiésemos la calma, seguro que el bosque era bonito y merecía la pena bajar del coche a echar un vistazo. Pero me equivocaba, era un bosque feo, feo de llorar. Los arboles tísicos sin hojas, desperdicios en el suelo (porque la gente somos unos incívicos)…

– Seguro que todo mejora tras una cervecita- (por favor que haya traído cerveza) le dije a modo de consuelo. Y Ramón si había traído cerveza, pero caliente, porque los hielos se habían salido de la neverita y desperdigado por el maletero del coche. Para salvar la comida del naufragio la sacamos a toda velocidad y la pusimos donde pudimos, e intentamos secar el maletero.

Ilustración: Guillermo Sanchidrián

Yo no pude evitar romper a reír mientras el pobre Ramón se deshacía en mil disculpas por su torpeza y su despiste. Estaba poniendo todo de su parte pero la cita estaba resultando un poco desastrosa. Aunque todavía podía ir a peor.

Y así fue, habíamos dejado la comida en el suelo y las hormigas se estaban apoderando de ella, como un laborioso ejercito se estaban llevando nuestro almuerzo. ¡Malditas! Salvamos lo que pudimos y buscamos un sitio para poder poner el mantel y la manta, que Ramón era muy detallista, torpe pero detallista. Y también mal cocinero a juzgar por el aspecto del menú: quiché medio cruda y sandwiches con pan verdoso.

Estábamos a punto de empezar a devorar los suculentos víveres cuando nos cayó una gota, luego otra, y otra, hasta que empezó a caer la tormenta del siglo. Empapados fuimos corriendo hasta el coche mientras yo no podía para de reír.

Si pensáis que ocurrió como en las películas de Hollywood, donde cita y lluvia torrencial en una cita equivalen a besazo de la pareja, os equivocáis de nuevo. Ramón se sentía muy avergonzado y culpable.

– Siempre me pasa lo mismo, soy un gafe, siempre lo fastidio todo.

– No pasa nada Ramón, volvamos y cuando encontremos un bar paramos a tomar algo y nos secamos.

Pero si pasó, pinchamos una rueda en el camino de vuelta y, cuando se puso a cambiarla, se dio cuenta de que la de repuesto estaba pinchada también. Tan solo tuvimos que llamar a la grúa y esperar unas tres horas dentro del coche. En el camino de vuelta con el señor de la grúa y con Ramón totalmente cabizbajo y silencioso, se me ocurrió darle una barrita energética que podía llevar unas cuantas semanas en el bolso.

– Muchas gracias Esther. Entiendo que no quieras volver a quedar conmigo. La cita ha sido un completo desastre, nada ha salido bien. Un momento, ¿tiene nueces la barrita? Soy alérgico…

Fin de la cita en el hospital. Segundo caso de envenenamiento, por menos han llamado a algunas viudas negras.

Simón, el de la boda
Álvaro, el avaro
Categories: Citas

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