Cuando era pequeña me encantaban los libros de “Elige tu propia aventura”, aquellos que según la decisión que escogieras te mandaba a un página u otra con resultados muy diferentes. Si eliges abrir la puerta 1, vete a la página 36. Si eliges volver atrás, vete a la 82. Era una decisión que tomabas en pocos segundos, pero que cambiaba todo el rumbo de tu lectura.

El recuerdo de esos libros fue lo que vino a la mente cuando me encontré en una encrucijada emocional hace unos años. Sí, porque aunque no lo parezca, hubo una vez que Esther Ballester tuvo un novio (y perdón que hable en tercera persona como Aida Nizar, pero son tiempos lejanos). Un novio de esos con el que te ibas al cine, comías los domingos en casa de tus padres, te ibas de vacaciones, un novio en definitiva.

Samuel era compañero mio de la facultad, cuando le conocí no me pareció nada atractivo, los ojos demasiado pequeños y las manos demasiado grandes (manías de una). Pero de ser compañeros de clase pasamos a ser compañeros de calimochadas, y luego compañeros de juerga y un dia, no me preguntéis cómo, compañeros de cama. Nos entendíamos bien, estabamos a gusto el uno con el otro y nos hicimos novios. Cuando acabamos la carrera y comenzamos a buscar trabajo, yo tuve suerte (en algo tenía que tenerla) y encontré un curro pronto, a Samuel le costó más y pasó una mala racha. Pero por fin, cuando lo encontró, comenzó una racha de tranquilidad y estabilidad, como en nuestra relación. Hasta aquel fatídico mes de diciembre.

Yo nunca me he considerado una persona celosa, me parece fatal espiar el móvil de tu pareja o escuchar conversaciones que no te corresponden, pero hay señales que cuando no quieres verlas, es que estas ciega. Samuel empezó a cambiar de actitud progresivamente, cambió su forma de vestir, el peinado, salía siempre tarde de la oficina, estaba más esquivo conmigo pero con muchas ganas de hacer planes con gente. Y yo fui atando cabos aunque no tenía la certeza de que estaba ocurriendo exactamente. Hasta la fiesta de Navidad de su empresa, en la que todo saltó por los aires. Si en anteriores años, a las 2 de la mañana había llegado a casa aburrido de las borracheras de sus compañeros, esta vez no llegó a casa hasta las 2 del mediodía, del día siguiente. Yo le había gastado la batería del móvil de tanto llamarle y cuando por fin llegó a casa me puse hecha una furia. Estaba preocupada por él pero, sobre todo, tenía miedo, miedo de que todas mis sospechas fueran ciertas y de que hubiera otra persona más.

Samuel se derrumbó y me confesó que sí, que se había liado con una compañera de su trabajo. Habían estado tonteando muchos meses y esa noche, el alcohol había liberado sus instintos comunes. Lo mas curioso es que se arrepentía, aseguraba que después de haberse acostado con ella, se había dado cuenta de que había sido un capricho absurdo, que a quien quería realmente era a mí y a nuestra vida de siempre.

En aquel momento tenia la opción de hacer varias cosas:

  • podía mandarle a la mierda y no querer volver a saber nada más de él.
  • podía perdonarle aquel desliz y darle una segunda oportunidad, todos la merecemos al fin y al cabo.

No lo pensé mucho y con toda la dignidad que el dolor me permitió mostrar me fui de la casa que compartiamos, asegurándole que para él “yo estaba muerta”. (Así me sentía yo por dentro).

Cuando la tristeza me dio una tregua, tiempo después, me planteé un millón de veces qué hubiera sido de mi vida si le hubiera perdonado. Si seriamos igual de felices que antes, si hasta hubiéramos tenido hijos… Estuve tentada de llamarle pero, al final, siempre me echaba atrás.

Años después, nuestros caminos se volvieron a cruzar, en una convención que se celebró en un hotel muy chulo de las afueras de la ciudad. Los años habían pasado, cuatro en concreto, pero seguía siendo mi Samuel, el de los ojos pequeños y las manos grandes. El reencuentro fue electrizante, nos dimos un abrazo que me devolvió a un tiempo dulce y cálido. No recuerdo nada de la convención, pero si las miradas que nos echábamos Samuel y yo, y las sonrisas.

Ilustracion: Guillermo Sanchidrian

Acabada la jornada del primer dia, todos los asistentes fuimos a cenar al restaurante del hotel, y después a tomar unas copas. Samuel y yo apenas nos separamos, teníamos tanto que contarnos… No sé en que momento o, mejor dicho, en qué número de copa, me propuso que subiéramos a su habitación a seguir conversando con mas tranquilidad. De nuevo, en mi mente recordé aquellos libros de mi infancia:

  • podía subir a la habitación con Samuel y rememorar viejos tiempos. Y quizá nuestra relación podría volver a ser la misma de entonces, habíamos sido muy felices.
  • podía irme a la mía y acabar con ese sinsentido. No me había dicho si tenía pareja en estos momentos, y ¿si estaba siendo yo la otra justo en ese instante?

Me costó algo más que la otra vez tomar la decisión, y opté por una nueva opción: la de dejar en ese momento el hotel e irme a mi casa y alejarme de Samuel. Si me había traicionado una vez, podía traicionarme otra de nuevo, yo ya no me fiaba de él. Muchas veces he pensado que hubiera sido de mi vida si me hubiera quedado aquel día en el hotel, si sería una mujer felizmente ennoviada o si me hubiera vuelto una celosa compulsiva. En los libros siempre puedes volver atrás, pero en la vida no, y quizá eso sea a a larga lo mejor.

El hombre de la bata blanca
El amor tiene dos caras
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