• Esther, el teléfono. Cógelo, que te está sonando.
  • ¿A mí? Ese no es mi teléfono. Yo tengo de sintonía el Single Ladies.
  • Pues la música sale de tu bolso.
  • Anda ¡coño! Pues es verdad. ¿Quién me habrá metido este móvil aqui?
  • Cógelo, que no deja de sonar.
  • Pero, ¿por qué voy a coger un teléfono que es mío? ¡Qué pesada eres!. Sí. Hola.
  • Hola Esther, cariño, ¿cómo estás?
  • Ehhhh, bien. ¿Y tú?
  • ¡Qué ganas tenía de oír tu voz! ¿Sabes que es el mejor momento del día?
  • Estupendo. Pero creo que te has confundido de Esther.
  • ¿Ya estás otra vez con tus bromas? Mira que te gustan…
  • En serio, que te digo que te has confundido. Este móvil no es de la Esther que tú piensas. Lo siento.

Y colgué. Y aunque volvió a sonar después, no lo cogí. Pero tampoco llevé el teléfono a la oficina de objetos perdidos, ni a una comisaría. No es que fuera un modelo de ultima tecnología, pero me venció la pereza y la intriga de esa voz que había oido al otro lado de la línea. Y cuando volvió a sonar estando ya en mi casa, descolgué. Así fue como llegué a mantener mi primera conversación con el señor M (de misterioso claro).

El señor M debía tener una “amiga” a distancia que se llamaba como yo y, por azares del destino, habíamos debido coincidir en algún sitio y la Esther auténtica habría metido sin querer su móvil en mi bolso. O quizá esa fue la explicación que me monté yo para justificar el hecho de suplantar a otra persona, algo que ya había hecho en más de una ocasión.

El señor M había nacido en mi ciudad pero se había marchado a trabajar a Holanda hacía unos años. Había contactado con la Esther auténtica por una web para ligar y no se habían visto nunca. Llevaban poco más de un mes tonteando y, realmente, todo su contacto era por Whatsapp y la llamada telefónica del día.

Ilustración: Guillermo Sanchidrián

Como me aburría y me hacía gracia el juego, seguí la historia. Era divertido tener un novio cibernético que te mandaba WhatsApp de lo más cariñosos y que siempre estaba pendiente de ti, aunque fuese por medio del móvil. Al que le contabas tus problemas y lograba sacarte siempre una sonrisa diciéndote que no había conocido a nadie como tú. Dejé de salir con mis amigas porque en los bares había mucho ruido y no podía escucharle bien si me llamaba. Vivía pendiente del móvil, con el cargador a todas partes y me distraía con facilidad en el trabajo si me enviaba algún WhatsApp.

El señor M nunca me pidió una fotografía y yo tampoco se la pedí a él, pero en mi mente tenía bien claro como era (los ojos de Bradley Cooper, la sonrisa de Brad Pitt y el pelo de Chris Hemsworth) y así me hice un collage y me lo puse en la mesilla.

Sin embargo, llegó el día en que el señor M volvía a la ciudad porque le habían dado unas pequeñas vacaciones y quería que nos viéramos. Me puse muy nerviosa pensando en si contarle la verdad, pero después de lo que habíamos intimado y congeniado, estaba segura de que me perdonaría haberle mentido un poco al principio.

Me citó en un complejo de cabañas de la sierra, un enclave muy romántico, perfecto para tener nuestra primera cita de verdad. El señor M me esperaría en la habitación 6, puesto que iba directamente desde el aeropuerto.

Cuando llegué a la cabaña que hacía las veces de recepción me dieron la llaves de la habitación y corrí presurosa al encuentro del señor M. En el complejo aquel apenas había cobertura pero no me importaba porque no necesitaba saber de nadie más.

Pasó una hora, dos, tres, y el señor M no llegaba. Los hielos de la champanera se habían derretido y me estaba empezando a salir vello en los lugares que me había hecho la cera. Probé a llamar al movil de M pero no conseguía señal. Fui a recepción para poder usar el teléfono fijo que tenían allí. Cuando le expliqué al recepcionista que necesitaba llamar a mi pareja porque no había llegado al hotel, me miró con cara rara. Y me contestó que la reserva estaba hecha a mi nombre, solo para una persona, por medio de un mail enviado desde mi dirección de correo electrónico.

No daba crédito. No recordaba haber hecho una reserva. Es más, estaba segura de que no la había hecho. ¡Qué broma era ésta! Cogí el coche y fui a un sitio donde tenía algo de cobertura para poder llamar a M: el número marcado no existe. ¡No podía ser, pero si el día anterior habíamos estado hablando!

Regresé a casa con una sensación extrañísima y la cabeza a punto de estallar, volví a llamar diez veces al teléfono y siempre el mismo mensaje. ¿Qué estaba pasando? ¿Me había dado plantón? ¿Había descubierto mi engaño y me estaba dando una lección?

No sabía cómo localizar a M de otra manera puesto que solo tenía su móvil, nunca me había dicho donde vivía en mi ciudad ni me había hablado de su familia o amigos para intentar localizarlos. A lo mejor le había pasado algo.

Probé a llamar a compañías aéreas que operaban desde Holanda pero sin el Dni no podían facilitarme información de los pasajeros de los vuelos. Intenté hacer memoria de algún detalle que me permitiera dar sentido a aquella locura y, de pronto, me acordé de que alguna vez nombró la compañía donde trabajaba (bendito historial de Whatsapp). Conseguí el teléfono en internet y llamé con mi precario inglés. No había nadie en toda la oficina que respondiera al nombre y apellidos del señor M. ¡No era posible! ¿Cómo se iba a ver volatilizado?

Seguí dandole vueltas pero la historia cada vez parecía más una pesadilla. Repasé una y otra vez todas nuestras conversaciones pero no conseguía encontrar ningún detalle personal que me permitiera un hilo de donde tirar.

Desesperada llamé a mi madre y, llorando, le expliqué toda la historia. Y, por el tono que me puso, llegué a pensar que creía que me había inventado todo. Me sentía desesperada, sola e incomprendida. ¿Y si estaba empezando a enloquecer? ¿Realmente me sentía tan tan sola que mi subconsciente me había creado un novio imaginario? Entonces necesitaba ayuda profesional.

Pensé en deshacerme del móvil maldito pero, supongo que por alguna esperanza de que el señor M volviera a mi vida -o fuese real- lo guardé. Hice bien, porque poco después de un mes de aquella pesadilla me llegó un WhatsApp: “Espero que hayas aprendido la lección Esther, todo esto que has sentido es lo que ocurre cuando alguien te da esperanzas y se basan en una mentira. Firmado: V”.

El hombre de la bata blanca
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