Con el tiempo me estoy volviendo antisocial. Antes era de apuntarme a todos los planes que me proponían. Incluido las fiestas del pueblo del primo de no sé quién. Cuando nos pasábamos la noche bebiendo y bailando de peña en peña, porque no podíamos volver a casa hasta que su abuela se levantara para ir a misa y hubiera espacio para que durmiéramos todos unas horas. Así nacieron las camas calientes.

Ahora me cuesta más apuntarme a según qué propuestas. Será porque valoro más dormir en mi cama, o no compartir baño con quince, o no tener que pelearme por un rincón del espejo para poder pintarme.

Un sabio amigo me consuela diciendo que no se trata de ser antisocial, sino de tener criterio y elegir con quieres compartir tu tiempo libre. No le falta razón. Pero cuando uno de mis compañeros de trabajo, Alberto, me invitó a una barbacoa en su chalet con piscina por vigésimo cuarta vez, de nada me sirvieron este tipo argumentos. Le dije que sí, que en la próxima ocasión contase conmigo.

Como en otras muchas cosas, la situación es radicalmente distinta según cada sexo. Si el hombre recibe una invitación para ir a una piscina solo tendrá que recordar dónde guardó su bañador. La toalla es un complemento innecesario, seguro que alguna chica lleva dos. Tiempo estimado de preparación: tres segundos.

Si la mujer recibe esa misma invitación automáticamente se activan varias alarmas. Primero el traje de baño, ¿me tapa lo suficiente o me marca más barriga?, o se ha dado de sí, o se ha descolorido. ¿Tendré tiempo para comprar uno? O lo que es peor, ¿encontraré uno que realmente me guste y quede bien? ¿Es el momento de apostar por el “burkini” o por la túnica estilo King Africa?

Segundo paso: operación depilación, ¿cuchilla, cera, crema, maquinilla? En cualquier caso se avecina dolor y sufrimiento. Además tendré que buscar un pareo, o un vestidito, y un sombrero, y ¿dónde guardé el capazo de paja? ¿Y qué hago con mi pelo? Con la humedad se encrespa y parezco una oveja. Tiempo estimado de preparación en total: tres horas.

Haciendo cálculos aproximados mi tiempo de preparación para la barbacoa fue casi el doble, más el rato que tardé en encontrar el chalet donde vivía mi compi. A lo que hay que añadir el tiempo que pasé en la peluquería nueva de mi barrio, donde pedí un corte de pelo rompedor (Pixie me dijeron que se llamaba) Nada más llegar, Alberto me puso un vaso de sangría en la mano. El paraíso estaba más cerca. Y yo me sentía más que radiante con mi nueva imagen.

Junto a él se encontraba una chica con aspecto serio, a la que presentó como Marta, su vecina. “Ella es como tú, una loba solitaria a la que no consigo encontrar pareja. Seguro que tenéis muchas cosas en común”.

Ilustración: Guillermo Sanchidrián

Tranquilo, Alberto, que no es contagioso, le contesté con una sonrisa forzada. Marta rompió a reír, una risa franca, sincera, como una cascada de agua helada. Nos sentamos en el borde la piscina con nuestros vasos de sangría y comenzamos a hablar.

Parecía que nos conociéramos de toda la vida, Marta era inteligente, divertida, perspicaz, buena conversadora. Y lo mejor de todo, tenía una manera de ver la vida muy parecida a la mía. Nos gustaban las mismas películas, los mismos artistas, los mismos libros. El tiempo volaba pero ninguna de las dos era consciente. El resto de la gente venía a saludarnos o a unirse a nuestra conversación pero era obvio que sobraban. Se había generado una química muy especial entre Marta y yo. Hacía tiempo que no me sentía tan a gusto y tan cómoda con otra persona.

A medida que pasaban las horas, Marta acortaba la distancia física que nos separaba. Yo estaba relajada y no la vi venir cuando de repente se acercó a mí y ¡zas! sin avisar ¡me besó! No fue un beso de amiga cariñoso en la mejilla, sino un beso-beso, con su lengua y todo. Yo, que como mucho me había dado piquitos inocentes (y regados con alcohol) con mis amigas.

El caso es que fue agradable, muchos “lobitos buenos” había debido besar esta loba solitaria. Mientras hacía esta reflexión Marta volvió a la carga, de nuevo me volvió a besar, pero esta vez con más emoción, y con el añadido de que tomó una de mis manos y la puso en uno de sus pechos (el izquierdo para ser exactos).

¡Por ahí no! Una cosa es besarse con alguien del mismo sexo y otra cosa es pasar a ser Estherbolliesther. Tocar un pecho ya era demasiado para mí. Yo no estaba acostumbrada a esas protuberancias en esa parte superior de la anatomía. Me separé de Marta y le dije que me tenía que marchar.

De aquel día extraje dos conclusiones. La primera, que no pensaba volver a ninguna barbacoa-encerrona en algún confín remoto; y la segunda, que ni de broma volvía a la peluquería más in del barrio para pedir un corte de pelo Pixie.

Freddy, que es como Alfredo pero yendo de guay I
Alex, el teclista.
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