cagebird

Ni durante los siguientes siete días.

A la semana posterior me llamó avergonzado contándome que les había detenido por la protesta y que había pasado unos días en el calabozo porque no tenía dinero para la fianza. Me mostré inflexible, ese no era mi rollo, yo respetaba a los animales pero no iba a participar en ese tipo de actos. Me pidió perdón y una segunda oportunidad. Me hice la dura y le dije que no, y me volvió a llamar al día siguiente, más arrepentido todavía, y al día siguiente de nuevo. Hasta mi amiga Lidia intercedió por él por lo que, tonta de mí, volvimos a quedar por segunda vez.

Eso sí, nada de plazas, nada de manifestaciones, nada de pinturas. Las reglas las ponía yo. Un café en un bar y una conversación amistosa, es lo máximo que iba a conseguir de mí. No contaba con que Mario tenía tanto encanto, tanta labia y tantas ganas de hacerme reír. Una cerveza siguió al café (mi madre que siempre me dijo que no mezclara) y luego una copa, y luego otra (y sin cenar, que mi madre también decía lo de que en el estómago vacío caían peor), y otra…. Y cuando quise darme cuenta estábamos en mi casa besándonos y quitándonos la ropa, esta vez en la intimidad por lo menos. Juraría que hasta Remi estaba trinando.

No entraré en detalles pero Mario se portó y fue una noche estupenda, de muchas risas y de poco dormir. A la mañana siguiente cuando me desperté, él no estaba en la cama aunque desde el dormitorio veía su ropa tirada en el salón. Pensé que se podía haber marchado desnudo (ya estaba acostumbrado) y que ni siquiera había tenido la decencia de decir adiós.

Ilustración: El mono que pinta

Me levanté y le vi asomado al balcón, sin ropa como no, (las dos abuelitas del piso de enfrente ya no me saludan en el super desde entonces) y con una sonrisa de oreja a oreja. Eso es que has estado de cine Esther, me felicité interiormente. Me percaté entonces de que la jaula de Remi estaba vacía.

Había liberado a mi Remi de su encierro de hormigón, me anunciaba triunfante. ¡¡Qué hormigón ni que hormigón… si era plástico!! “Debe volar libre con sus hermanos pájaros”, seguía argumentando Mario. Miré por los balcones cercanos y los tejadillos de las casas vecinas, Remi ya no estaba, se había ido. Ya no escucharía su trinar por las mañanas ni podríamos ver juntos nuestras series favoritas

No se me ocurrió otra cosa que coger la ropa de Mario que estaba desperdigada por el salón y comenzar a tirarla por el balcón a la calle, prenda por prenda. También le indiqué donde estaba la puerta, o si lo prefería, podía irse también por el balcón “volando libre”.

Hace unos días me llevé una sorpresa de lo más agradable. Cuando salí al balcón para regar las plantas, a las que por cierto no suelo hacer mucho caso, me encontré en la barandilla a un viejo conocido, Remi. Había adelgazado un poco pero su plumaje lucía más intenso, más bonito.

No estaba solo, junto a él había otra pajarita (mejor que decir pájara que parece que le había cogido manía y aún sin conocerla). ¡Se me había enamorado! ¡Y había vuelto! No sé si para que le diera mi bendición o que para que les acogiera a los dos en mi hogar, ¿qué importaba? Todo sonaba idílico y de cuento hasta que me percaté de la cruda y fría realidad: todo el mundo encontraba pareja menos yo.

Manolo, el policía.
Mario, the pet lover I
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