Remi 3

Yo nunca fui una de esas niñas que de pequeña quería tener un perrito, o un gatito, o un pony. Yo no lo pedía como regalo de cumpleaños o lo incluía en mi carta a los Reyes Magos. Si quería animales ya tenía a mi hermano menor, soltaba pelos, gruñidos y hacía bastante el salvaje.

Pero con la edad te vuelves más sensiblona y te gusta pensar que hay alguien que te espera en casa, aunque sea para reclamarte que no le has dejado la comida. Por eso decidí traer a mi vida a Remi.

Ilustración: El mono que pinta

Pequeñito, de plumaje suave y colorido, de vez en cuando trinaba, o algo así. Decidí instalarle en una bonita jaula en el salón para que pudiéramos ver juntos la tele y escuchar música. Me acostumbré a levantarme por las mañanas y darle los buenos días. Comencé a cogerle cariño, apenas daba guerra. Le confesé a mi amiga Lidia que me hacía mucha compañía y que le sentía como a uno más de la familia. Fue entonces cuando me habló de Mario, su cuñado. Supongo que le entró el temor de que acabara como una anciana viviendo sola y rodeada de gatos callejeros.

Moreno, alto, fuerte y bastante guapete, Mario era un gran amante de los animales. Había colaborado con varias protectoras, era un miembro muy activo de PACMA y de PETA, y su instinto le llevaba a fiarse más de los animales que de las personas.

Quedamos en una plaza céntrica de la ciudad que, por cierto, estaba bastante concurrida a esa hora aunque le reconocí rápido por la foto que Lidia me había enseñado previamente. Me acerqué a él y tras presentarme, me saludó con dos besos y un abrazo. Mientras me miraba fijamente se instaló entre nosotros ese clásico silencio embarazoso que yo suelo combatir soltando la primera tontería que me viene a la mente.

En esta ocasión no me dio tiempo, Mario comenzó a quitarse la ropa. Allí mismo, en mitad de la plaza, con todo el mundo mirando. Primero las zapatillas, después los calcetines, pantalones, camiseta y hasta los calzoncillos. Y así se quedó como Dios le trajo al mundo, como si fuera un Adán del siglo XXI.

Lo único que acerté a decirle (mientras admiraba sus increíbles abdominales) es que me parecía que estaba yendo muy deprisa y que yo no era muy fan del sexo en los lugares públicos.

De las esquinas de la plaza comenzó a salir más gente que también iba desnuda y con cubos de pintura roja. Se tumbaron en el suelo, pegados los unos a los otros y se tiraron la pintura por encima. Era una protesta de su grupo activista contra la tortura animal. Pensé que se trataba de una cámara oculta, ¿no podíamos haber quedado otro día? ¿A otra hora? ¿En otro sitio? ¿En otra vida?

Sin acercarme demasiado porque me moría de vergüenza le dije casi a gritos que me marchaba, que no me sentía muy cómoda, aunque no estaba muy segura de que me hubiera escuchado.

pinturaSi pensáis que se levantó corriendo del suelo y fue detrás para que no me marchara dejando una estela de pintura roja, os equivocáis. No hubo rastro de Mario ni ese día…

Continuará

Mario, the pet lover II
Mateo, el runner
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4 Responses so far.


  1. Regina Ranz dice:

    Ayyy, estoy deseando conocer el final.
    jajaja

  2. Noemi Medina dice:

    OMG!!!!!! Al menos podía haberte avisado y beberte unos “gintos” antes de ir, para acabar en pelotas con él… ¿No?

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