Hay mujeres a las que el uniforme les pone mucho, cualquier tipo con el que no perderían ni cinco minutos se enteran de que es policía y la cosa cambia. Comienzan a imaginarle con las esposas, la pistola, la porra… son capaces de perder cinco minutos y hasta cinco días si me apuras.

Allá cada una con sus mitos eróticos; pero tengo que reconocer que cuando me contaron que Manolo, el nuevo vecino de un ex compañero mío de universidad, pertenecía al cuerpo, el asunto se puso interesante. Le habían vendido como un chico sencillo, algo tímido, que no conocía a mucha gente porque acababa de cambiar de destino.

En esta ocasión el modus operandi de la cita fue diferente, para romper el hielo organizamos una quedada de grupo para tomar unas cañas. Mi ex compi fue con Manolo y yo con dos amigas, que me dijeron que había estado de compras toda la tarde pero por la alegría que traían, para mí que habían cambiado tiendas por bares.

La chispa que traían ellas pareció cohibir a Manolo, que prácticamente no abrió la boca durante la primera media hora. El muchacho no bebía, pero allí estábamos el resto para consumir todo el alcohol que él prefería no tomar. Y lo que más me temía que pudiera ocurrir acabó pasando, empezaron las preguntas incomodas para el policía. Cuestiones como ¿a cuanta gente has detenido?, ¿os ponen los cacheos?, ¿has visto ya algún muerto? o ¿tenéis vestuarios mixtos en las comisarías? se iban sucediendo como un tiroteo a quemarropa. Amén de la intriga por saber dónde guardaba su arma.

Empecé a sentir cierta empatía con Manolo, me extrañaba que no se hubiera marchado ya a casa, harto de tanta preguntita y tanto cachondeo. Para salvarle de aquel interrogatorio le pedí que me acompañara a la barra a por una nueva ronda. Aproveché para pedir disculpas por la actitud de mis amigas y fue entonces cuando oí más de tres palabras seguidas de su boca: “Verás Esther, yo soy más de planes tranquilos, no de tanto alboroto ni de tanto bar”. Ahora sí que sí que se va a casa pensé. “Pero me daría pena irme porque me pareces una chica que merece la pena conocer”.

Tras reponerme de su declaración y apurarme una cerveza de un sorbo, le dije que sentía si no habíamos tenido un buen comienzo. “Aún estamos a tiempo de arreglarlo, quizá te parece un poco precipitado pero si te apetece podemos ir a mi casa a ver una película y así estamos más tranquilos” propuso Manolo.

¡Atiende con el policía! parecía tranquilo y reservado y ahora ponía la directa para ir a su casa y conocernos mejor. Solo se vive una vez pensé, así que comuniqué al grupo que nos marchábamos. Comenzaron a aplaudir y a gritar, mientras le guiñaban el ojo a Manolo y hacían el signo de la victoria, estaba claro que la discreción no era lo suyo.

Una vez en su casa, de su colección de películas propuso ver Colega, ¿dónde está mi coche?. Casi le dije que no pensaba tragarme ese bodrio (con todos mis respetos) pero consideré que con el ritmo que llevaba la velada era probable que no llegásemos ni a la mitad de la cinta.

Ilustración: El mono que pinta

Nos sentamos en el sofá del salón con una cierta distancia entre nosotros. Yo me descalcé (suerte que había escogido unos calcetines sin agujeritos) para tomar posiciones. Lo cierto es que hacía frío y así se lo dije, pensando que igual pasaría a la acción y me abrazaría (eso es lo que suele pasar en las películas). Pero no, me explicó que en la habitación había mantas si quería.

“¿No tienes sed?” le pregunté. Sin quitar la vista de la pantalla me respondió que podía encontrar algo en la nevera. Pensé que para beber sola a lo Bridget Jones ya tenía mi casa.

La película iba trascurriendo y Manolo no actuaba, ni hablaba. Se reía de vez en cuando pero ni me miraba. Yo no terminaba de entender que estaba ocurriendo. ¿Luego haríamos un cinefórum?

Tras los 83 eternos minutos de metraje y un Ashton Kutcher poco pulido, la película por fin terminó. Manolo se giró muy despacio y me dijo: “No me había dado cuenta de lo tarde que es” (pero si no había mirado ni el reloj ni el móvil, ¡cómo podía saber la hora!). “Yo mañana madrugo y debería irme a la cama”. Y se hizo el silencio.

Entre aturdida y estupefacta me puse mis zapatos, bien despacio, por si me decía algo o cambiaba de opinión. Pero no, lo único que añadió fue que había una parada de taxis al lado de su portal. Y eso fue lo que hice, coger un taxi para ir a mi casa pensando en lo raro que había sido la noche, lo raro que era Manolo, y en que el título de la película bien podía a cambiar a… Colega, ¿dónde está mi polvo?

Hace unos días me llevé una sorpresa cuando fui a coger mi coche. Junto a él, en la calle, estaba Manolo, todo guapetón con su uniforme (había que reconocer lo bien que le sentaba) y la mejor de sus sonrisas. Supuse que estaba allí para darme alguna explicación sobre aquella noche tan extraña pero no, en realidad ¡me estaba poniendo una multa!

Sergio, the Blade Runner I
Mario, the pet lover II
Categories: Citas

2 Responses so far.


  1. Regina Ranz dice:

    Y no la rompió?

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