Todos los españoles estamos convencidos de que tenemos buen nivel de inglés hasta que salimos de nuestras fronteras. Entonces nos damos de bruces con la realidad: hablamos como los indios diciendo “me” “eat” “sándwich” en un restaurante o “Big Ben, where” acompañado de un encogimiento de hombros.

Confieso que no soy una excepción y, para solucionarlo, aprovechando que estaba en el mes de los buenos propósitos, (el de correr ya lo había probado y no quería repetir experiencia) decidí buscarme un profesor particular.

Mi amiga Lidia me recomendó un profesor nacido en Italia, pero que había vivido mucho tiempo en Londres, y que le dio clases a domicilio. Ella es que tiene mucho tiempo libre y se apunta a todo, lo mismo a macramé, que a inglés, que a bailes de salón, que a ponerle los cuernos a su marido en las cunetas de las carreteras.

Antes de verle la cara sabía que Luca, además de ser bilingüe, era guapo, que Lidia no iba a tener de profesor a Muzzy. Nada más saludarme con un apretón de manos (que en Italia los dos besos son para cuando hay más confianza) me preguntó si mi barrio era lo suficientemente seguro para dejar su coche aparcado en la calle. Le contesté con otra pregunta, si había traído el Ferrari o el Lamborghini. Esbozó una media sonrisa y me explicó que su coche era muy especial para él, lo compró en su Milán natal y lo había traído conduciendo desde allí porque era un modelo único.

Para algunos hombres el coche es como una prolongación de su aparato reproductor, y se veía a la legua que Luca era de los que disfrutaba yendo a lavar –personalmente- su coche cada sábado por la mañana.

Para romper el hielo y comenzar a practicar el idioma me preguntó de dónde y le contesté que había nacido en Madrid aunque tenía familia del sur de España. Oh, you are a Little terrona, dijo Luca echándose a reír. Los italianos del norte llaman terrones a los del sur. Esperaba que fuera mejor como profesor que como humorista.

Después pasamos a otros temas como mis estudios o mi trabajo hasta tocar el que más interés le despertaba: mi situación sentimental. Como buen italiano desplegó todas sus armas de seducción y, colocándome un mechón de mi cabello detrás de la oreja, pronunció con voz de lo más sugerente: Mi piace como ridi tu. Acompañándolo de una propuesta para dar la siguiente clase en su casa.

Ilustración: Guillermo Sanchidrián

Nada más abrirme la puerta cuando llegué a su casa, lo primero que soltó Luca por su boca fue: Buon pomeriggio, ¡Que culo! Ante mi cara de extrañeza por tamaña osadía, me aclaró que su expresión significaba “¡qué suerte!” en italiano y que se refería al hecho de que llegase puntual.

Imagino que estarás sedienta, dijo sacando dos copas de vino Barolo. Un vino noble de región de Le Langhe, según me explicó mientras su pulgar comenzaba a trazar círculos en la palma de mi mano. En un intento de zafarme de sus seductoras –y deliciosas- caricias le pregunté por los trofeos que se veían en una enorme vitrina en su salón.

Comenzó entonces un monólogo ardoroso sobre la esgrima, el deporte en el que Luca había ganado numerosos trofeos y medallas, y que practicaba desde bien pequeño, cuando pudo sujetar el florete (no confundir con la marca de ensalada).

Además de ilustrarme durante unos cincuenta minutos con vídeos sobre sus competiciones que me enseñó en su pantalla gigante de 84 pulgadas, tuve la suerte de asistir a una demostración de habilidad con el florete. No pude contenerme cuando le vi con la espada en la mano y dije: Soy Iñigo Montoya, prepárate a morir.

En lugar de reírse con mi comentario, Luca avanzó hasta donde yo estaba con mi copa de Barolo en la mano y mirándome con lujuria a los ojos me dijo: Soy capaz de quitarte toda la ropa sin rozarte, bella. A estas alturas yo ya me había dado cuenta de que no íbamos a recibir lecciones de inglés. Pero para ser sinceros, me apuré el vino de un sorbo y me deje hacer, que llevaba unas cuantas citas en dique seco.

Con suma precisión y habilidad el milanés fue capaz de quitarme hasta el sujetador de tres corchetes y, con mayor precisión aún y habilidad, me hizo pasar un rato de lo más delicioso, corroborándome aquello de que los italianos saben cómo regalarte el oído y el resto del cuerpo.

El efecto del vino, el esfuerzo físico desacostumbrado y el monólogo sobre la esgrima hicieron que me quedara dormida después. A la mañana siguiente, cuando desperté, Luca me estaba trayendo el desayuno a la cama en una bandeja. Buongiorno Princippesa, dijo como en la película de Benigni. ¿Notas algo especial en el café? Me preguntó tras apurar el primer sorbo.

Mi paladar es que tarda en despertar y reaccionar, me excusé. ¿Lleva azúcar moreno? Probé suerte. No, es un café que me traen expresamente de Italia para mí. (¿George Clooney en burrito a lo Juan Valdés?) Mentí como una bellaca y le dije que era el mejor café que había probado en mi vida.

CHINCHETAMientras Luca retiraba la bandeja con los restos del café y anunciaba que se iba a la ducha, reparé en un mapa mundi que había sobre la mesa de su escritorio. Me acerqué y comprobé que había varias chinchetas de colores apiñadas en varias ciudades. Pensé que serían los lugares que había visitado, pero cuando me acerqué un poco más, advertí que cada una de esas chinchetas tenía una inicial apuntada. Al mirar Madrid, advertí que había una color naranja con una E puesta.

Mi primer impulso fue echarme a reír, el segundo marcharme sin despedirme de ese Casanova que iba anotando sus polvos como si fueran otros trofeos de esgrima. El tercero apuntarme a una academia de inglés, y que la profesora fuera mujer.

Héctor, el fisioterapeuta
Samuel, el chico del té
Categories: Citas

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