Me pregunto porque nos empeñamos en copiar las costumbres de los norteamericanos. Si ellos son de beber ponche y nosotros calimocho, si ellos usan el coche hasta para ir al baño, y nosotros… dentro de poco también.

Una de las costumbres que hemos copiado, de su vida real o de sus películas de sobremesa, es la reunión/fiesta/encuentro de antiguos alumnos. Y si por Facebook tenías alguna posibilidad de escaquearte (argumentando aquello de apenas entras a mirarlo) por WhatsApp es científicamente imposible.

Más aún si tenías una delegada de clase, Adela, que se las había apañado para conseguir el teléfono móvil de todos los compañeros y finalmente crear: el GRUPO. Aunque había sido complicado encontrar una fecha que cuadrase a todas, ella puso todo su empeño y lo consiguió. Cada una vivíamos en una punta de la ciudad, incluso había compañeras que se habían mudado a otra provincia. Pero Adela estaba dispuesta a recoger a quien hiciera falta para que pudiese asistir al encuentro: “Santa Marta 2.16” que, como no, sería en su casa.

La que fuera delegada de clase desde que tengo uso de razón hasta que dejé el colegio, se había esmerado en preparar el encuentro en el estupendo chalet en el que vivía. A todas las asistentes nos esperaba un salón decorado con mucho encanto y un catering fantástico (que había preparado personalmente).

Aquello guardaba cierta similitud con las reuniones de alcohólicos anónimos. Todos sentados en círculo, con comida a mano, e interviniendo por turnos con aplausos al final. Solo que en vez de contar sus miserias y debilidad, alardeaban de sus triunfos.

La que era la mejor de la clase en gimnasia (le salía el pino a la primera y la voltereta lateral perfecta) se había convertido en una de las entrenadoras personales más solicitadas por los famosos.

La que era una empollona de manual, se cansó de estudiar y montó una empresa de compra venta de productos usados. Vivía en París pero había venido expresamente a la reunión (para restregarnos lo chic que era ahora).

La que era una rebelde sin causa era una madre modelo de cuatro hijos que sobresalían en varias disciplinas, como tocar el violín o hacer cubos de Rubbick en tiempo récord, y tenía tiempo de hacer pan casero todos los días (con masa madre, claro).

La otra chica de la clase con gafas y aparato se había hecho unos tratamientos con láser y cada seis meses cambiaba de pareja. Heredó una importante suma de dinero de una tía abuela y no tenía que preocuparse por sus finanzas.

Y así una tras otra, hasta completar la lista de triunfadoras en la vida. Finalmente llegó mi turno. Mentí como una bellaca, y conté que estaba encantada con mi trabajo en el instituto (donde se repetían los mismos patrones de veinte años atrás y los mismos grupos de triunfadores y perdedores). Feliz de vivir sola en un minipiso en el mismo barrio de siempre (mi madre se hubiera vuelto loca si me hubiera mudado a un sitio donde no pudiera llegar en menos de cinco minutos). Y satisfecha por disfrutar de mi soltería (repleta de citas con frikis y tipos peculiares que me endosaban mis amigos).

Antes de que cualquiera de mis ex compañeras hiciera algún comentario compasivo o soltase aquello de: Con lo maja que eres no entiendo cómo no tienes pareja, decidí salir a tomar un poco el aire. Recordaba que había visto una terraza al pasar al salón, donde podría disfrutar de unos minutos de paz y soledad (y de autocompasión).

Ilustración: Robert Smith

No fue posible, en la terraza también estaba Adela, llorando a moco tendido, botella de anís en mano. Entre sus sollozos me pareció entender que se le había quemado la tarta que había preparada para el postre, algo totalmente inadmisible e imperdonable.

  • Tú no lo entiendes. Llevo semanas preparando esta reunión, cuidando cada detalle, para que todo salga perfecto.
  • Pero Adela, es solo el postre. Tomamos café y listo. Si ya estamos en edad de cuidar las calorías.
  • Para ti es fácil decirlo. No tienes los ojos de tus ex compañeras en la nuca, esperando para ver donde fallas.
  • Si está siendo una reunión de diez, tienes una casa preciosa, tus hijos no nos han dado la lata, la comida estaba deliciosa.
  • ¿Y a qué precio? Llevo días sin dormir. No sabes lo agotador que es tener todo siempre bajo control. Ser la mejor madre, la mejor esposa, la mejor ama de casa, la mejor presidenta de la comunidad de vecinos. Es muy frustrante. Odio mi vida.

Llegado ese momento, no supe más que decir y le dí un abrazo. A Adela, la que siempre consideré como archienemiga en el colegio (nunca me invitaba a sus cumpleaños). Doña Perfecta, con su súper casa y su súper vida. Una súper vida que le hacía infeliz.

Poco nos duró ese momento de intimidad. Adela se separó, se limpió las lágrimas muy dignamente y me hizo prometer que no se lo contaría a nadie, aquello no había ocurrido. Supuse que aquel momento de debilidad no nos había convertido en amigas, y que seguiría sin invitarme a sus cumpleaños.

No recuerdo mucho del resto de la reunión, mis ex compañeras parloteaban y parloteaban sobre sus éxitos pero yo solo pensaba en Adela, en lo sola y triste que había confesado sentirse. Un buen sueldo, una empresa exitosa, una gran fortuna, unos hijos triunfadores… no hay nada comparable a sentirse a gusto y satisfecha consigo misma. La clave para no sentirte una fracasada.

El amor 2.0
Categories: Vivencias

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