Todos tenemos un pasado, sentimental me refiero, y más a ciertas edades. Hemos tenidos relaciones largas, cortas, bonitas, otras menos… de todo un poco. E independientemente del tiempo que hayan durado, hay relaciones que marcan mucho. Esas de las que cuesta bastante salir y pasar página. De esas que cualquier detalle (un olor, un sabor, una canción…) te recuerdan a él o a ella, y hasta te paralizan porque no sabes qué hacer o dónde meter todas esas sensaciones que te provocan.

Cuando me hablaron de Jaime por primera vez tuve mis reservas, había salido no hace mucho de una larga relación con una chica que había sido primero su amiga y después su novia, y le estaba costando superarlo. Su familia y sus amigos le recomendaban que saliera con más gente, que conociera a otras chicas, que un clavo saca a otro clavo. Y ahí estaba yo, en la caja de herramientas de repuesto.

Jaime iba al mismo gimnasio que uno de mis compañeros de trabajo, Nacho, y entre levantar pesas y hacer spinning se habían contado su vida entera. Mi compi se empeñó en que me tomara un café con el chico y al final me convenció.

Ilustración: Guillermo Sanchidrián

Las cosas como son, Jaime era un encanto, tímido al principio pero luego buen conversador, divertido, inteligente sin ser pesado. Después de ese primer café, la semana siguiente fuimos al cine y otro día a cenar. Lo pasábamos bien, hablábamos, nos reíamos mucho pero nada más. Él me confesó que quería ir despacio y que estaba en un momento complicado. Y yo estaba de acuerdo, despacito y con buena letra, sin poner metas ni etiquetas. Igual por una vez las cosas salían bien.

Un sábado cualquiera me escribió invitándome a comer en su casa. Tampoco le di demasiada importancia, una comida entre amigos, mientras no me pusiera una película de Ashton Kutcher todo bien.

El piso de Jaime era una preciosidad, amplio y espacioso, estaba decorado con mucho gusto. Me contó que era obra de su ex, Erika, artífice del sutil equilibrio entre los tonos terrosos de las paredes y la calidez que desprendían los muebles.

Hasta entonces no había oído hablar de Erika, la mujer que le había dejado hecho un guiñapo. Pero en cuanto el nombre de su ex salió de la boca de Jaime, ya nunca más volvió a entrar. Erika había elegido personalmente los cuadros que colgaban en las paredes, procedentes de varias galerías europeas. Había contratado a un ebanista muy prestigioso que hizo los armarios con madera procedente de los bosques de Canadá. Había traído telas para confeccionar las cortinas de su viaje a Turquía, y así podía seguir con cada rincón y cada detalle de esa casa.

Todo el piso emanaba Erika, “porque Erika tenía esa habilidad especial para encontrar la belleza aunque estuviera rodeada de mediocridad”. Jaime comenzó a enumerar las virtudes de la susodicha mientras yo hice lo que mejor se me da en estos casos: beber y callar.

Con tanto líquido me entraron ganas de ir al servicio y darle un descanso a mi cabeza de tanta cantinela con Erika. “La primera puerta a la derecha”, me explicó. Enfilé el pasillo y probé la primera puerta, estaba cerrada, giré el pomo, nada, no había manera. Un momento, ¿era a la derecha o la izquierda? Me fui a la de enfrente, esta vez acerté.

Un poquito más aliviada y refrescada salí al pasillo, eché una ojeada, el resto de las habitaciones tenían las puertas abiertas. ¿Por qué estaría cerrada aquella? ¿Qué es lo que había en su interior? ¿Sus esposas muertas?

Continuará

Jaime, el encantador II
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