Regresé a la cocina rezando para que Jaime acabara su monólogo sobre Erika y dando vueltas en torno a la habitación misteriosa… El aburrimiento y el calor de la bebida me insuflaron valor para preguntar por ella. Por primera vez desde que había puesto un pie en esa casa logré que Jaime se callara.

  • Mmmmmm, pues… en esa habitación tengo mantas, colchas, toallas, cosas de ese tipo.
  • ¿Para eso no está el armario? ¿O es que tu madre lleva preparando años tu ajuar?
  • No… es que prefiero guardarlas ahí, que sé dónde están. ¡Es una habitación para los trastos y punto Esther!

Acepté mi derrota en esta batalla, que no en la guerra. El ambiente se tornó hostil y Jaime se refugió en un mutismo que ninguno de mis comentarios lograba romper. Decidí que lo mejor era irme a casa, quizá habíamos llegado al final de nuestro camino juntos. Tenía claro que no me gustaba esa faceta obsesiva y misteriosa recién descubierta.

A la mañana siguiente tenía un WhatsApp de Jaime disculpándose por su actitud e invitándome a cenar. Quise confiar en ese muchacho tímido del principio, optimista y abierto a la vida, con ganas de pasar página y estar feliz.

No me equivoqué, Jaime se esforzó por no mencionar a Erika, en un ambiente en el que todo hablaba de ella pensé que no debía ser fácil. Cayeron dos botellas de vino durante la cena y media de ron en la sobremesa. El resumen es que acabamos en su cama conociéndonos mejor.

Ilustración: Guillermo Sanchidrián

Como les suele suceder a la mayoría, después de culminar se quedó dormido y hasta empezó a roncar. ¡Era mi momento! Como no encontraba mi conjunto de lencería entre la ropa desperdigada por el suelo me puse la camisa de Jaime (muy cinematográfico ciertamente si no me hubiese dejado todo el culo al aire). Me fui directa a la habitación misteriosa, como era de esperar estaba cerrada. Intentando no hacer ruido comencé a forcejear con la cerradura. Estaba complicado, probé con una horquilla (el pelo mejor sujeto para determinadas “operaciones”) y nada. Fui a la cocina sigilosa y probé con un cuchillo. Aparte de casi cortarme no conseguí abrir la maldita puerta.

Pero no me iba rendir, me mataba la curiosidad. Me acordé de esas películas donde los ladrones lograban entrar en las casas con radiografías o tarjetas de créditos. Lo de las radiografías pintaba chungo pero lo de las tarjetas… y más con la cartera de Jaime sobre la mesa del comedor.

La primera que pillé fue la de puntos de Carrefour, que mono y que ahorrador el muchacho, la doblé en cuanto intenté que entrara. Cogí otra, la del Día, ¿estaba haciendo todas las colecciones de sartenes de los supermercados? La deseché por ser de parecido material, probaría con la de crédito, que por fuerza tenía que ser más resistente.

Me costó lo suyo poder abrirla, pero si la puerta era cabezota, yo más. Cuando lo logré no quise dar la luz así que con la que procedía del pasillo me dispuse a averiguar el más preciado secreto de Jaime. Allí no había ninguna manta, ni ninguna toalla, ni servilleta si me apuras. Lo que almacenaba eran las cosas que Erika se había dejado. Su pijama, su cepillo de dientes, sus camisetas, sus bolsos, sus libros…

Cada cosa pulcramente ordenada y colocada, casi como un mausoleo de su ex. Me empezaba a dar un poco de miedo. No pude seguir con la inspección porque Jaime apareció en el umbral.

  • No te tenía yo por una persona tan cotilla.
  • Eh…. No pude resistirlo.
  • Tampoco te tenía por una ladrona de tarjetas de crédito.
  • Bueno, yo tampoco te tenía por un coleccionista traumado. ¿Qué ganas guardando todas estas cosas? Así te será más difícil pasar página. Devuélveselas, o véndelas, tira de Wallapop o de Ebay, o dónalas a una ONG.
  • No voy a hacer nada de eso. No puedo tirar ninguna de estas cosas que Erika va a necesitar. Porque va a volver, y lo encontrará todo como a ella le gusta, como ella lo quiere tener.
  • ¿Estás hablando en serio?
  • Por supuesto, Erika necesita un tiempo para entender que sin mí, su vida no está completa.

lau illus mano-02No encontré replica a esa afirmación. Fui a su habitación, me puse mis bragas, mis pantalones y cogí mi bolso. En el más absoluto de los silencios abandoné esa casa sin dejar de alucinar ni un segundo. Cuando llegué a la mía me di cuenta de que seguía con la tarjeta de crédito de Jaime en la mano.

Por compensación y daños morales hice algunas compras con ella por Internet, cosa de poco, un sujetador para compensar el que me dejé en su casa. ¿Qué cuál era la contraseña para poder hacer operaciones con su tarjeta? Fácil: Erika.

Antonio, el de Tolosa.
Jaime, el encantador I
Categories: Citas

3 Responses so far.


  1. […] de las perfumerías de todo Madrid. Y de las tiendas de productos congelados. (tanto criticar a Jaime por tener tarjetas de tantos […]

  2. maribel dice:

    hola, me impresiona esta historia porque es identica a la mia.
    solo una pregunta esta historia es real, con nombre propio?

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