Hagamos un ejercicio de sinceridad, todo tenemos nuestras manías. Hay quien cuando va andando por la calle evita pisar las franjas blancas de los pasos de cebra, o quien tiene que acostarse siempre a la misma hora. Yo no soy una excepción y dentro de todas mis manías -confesables- la más llamativa es que, una vez que me hago asidua a una cafetería, bar, pub o discoteca, siempre tengo que sentarme en el mismo sitio.  A veces tengo que hacer tiempo para que se desocupe si hay alguien y merodeo un rato por el local (juego a las maquinas tragaperras, me leo el menú unas 600 veces, saco una bola de las maquinasdebolas).

Fue en uno de esos días cuando vi por primera vez a Jacinto. Claro que entonces no sabía que se llamaba así, era solo “elseñoroukupasitios”, que había tenido la osadía de sentarse en mi taburete habitual, en mi trocito de barra a medio camino entre la puerta y el servicio, cerca de la cafetera para aspirar el olor a café recién hecho pero lejos de la cocina para que el pelo no me oliese a comida, en definitiva el sitio perfecto, mi sitio.

Le di un poco de margen para que acabase su consumición y se marchara, pero no parecía tener prisa. Con lo que tras unos minutos eternos me acabé yendo sin mi redesayuno. Lo que hice al día siguiente fue llegar un poco más pronto al bar y ¡aleluya! mi sitio estaba disponible. Loli, la camarera se sorprendió de mi presencia y, riendo, comentó lo solicitado que estaba últimamente el taburete donde me sentaba.

A mí desde luego no me hacía ninguna gracia y solté un gruñido a modo de respuesta. Loli siguió insistiendo y me preguntó si me había fijado en quien solía sentarse en mi sitio puesto que era un chico bien parecido. No quise ser borde (al fin y al cabo era la persona que me ponía el café todos los días y podía darle por escupirme en él) y le contesté que apenas me había percatado. “Es curioso porque él sí que se ha fijado, de hecho me ha preguntado por ti”- soltó Loli como quien no quiere la cosa. Con que okupa y acosador pensé para mis adentros. “Pues me alegro por él, pero es que no entiendo por qué tiene que preguntar por mí un completo desconocido”- cuando quiero puedo ser muy borde-.

Cómo sois los jóvenes de ahora, os molestáis cuando alguien se interesa por vosotras”, replicó Loli, camarera y ahora también Celestina, “Ya no sé si darte la nota que me dejó para ti”. Me reafirmé en mi idea: un pirado, ¡con la suerte que tengo! Accedi a que me la diera porque siempre podía tirarla en en la primera papelera que encontrase o llevarla a un grafólogo a analizarla para que corroborase si era un loquito.

Ilustración: Guillermo Sanchidrián

Pero no, la nota me pareció muy correcta y educada, tan solo unas pocas líneas para decirme cómo se llamaba y explicarme que no había podido evitar fijarse en mí y en mi sonrisa, y que le encantaría tomarse un café conmigo, si no me parecía mal, para tener la oportunidad de conoceros. En un mundo tan de ligues virtuales y apps para conocer gente me pareció valiente que alguien apostase por dejar una nota y probar suerte, así que vencí mis reparos y me animé a quedar con Jacinto.

Por supuesto quedamos en otro local porque no era plan de disputarnos el sitio (como el anuncio de la última loncha de jamón york) y acudí con interés y mente abierta. Para mi sorpresa aquel chico moreno, alto, de ojos castaños, manos grandes y suaves parecía muy diferente al okupasitios, (o lo que era diferente era mi mirada).

Lo primero que hice fue felicitarle por su valor dejándome la nota y advertirle de que el sitio donde se había estado sentando era el que yo tenía asignado desde hacía tiempo. Jacinto se echó a reír y me pidió disculpas, añadiendo que lo entendía perfectamente puesto que él también tenía sus propias manías.

¡En qué momento se me ocurrió preguntar cuales!, Jacinto era un maniático digno de estudio. Para empezar necesitaba disponer de su espacio vital en el que nadie podría entrar sin preguntarle. Eso implicaba que ni sus platos ni sus cubiertos podían tocar los de otra persona, o pedía que se los cambiasen. Tampoco soportaba que la ensalada o las patatas fritas estuviesen mezcladas con el filete por ejemplo, cada alimento debía tener su sitio, para ser correctamente apreciado, masticado (nunca menos de 15 veces) y saboreado. Por supuesto no estaba nada cómodo en los restaurantes donde las mesas estaban demasiado juntas, ni soportaba viajar en transporte público en hora punta. Prefería levantarse una hora antes y así evitar rozarse con la muchedumbre.

De igual modo tampoco soportaba la falta de simetría: si un cordón estaba más largo que otro,  una manga arremangada y la otra no… o que en la peluquería le dejasen el pelo de un lado unos milímetros más largo que el otro (debía haber desarrollado una vista de águila para poder apreciarlo), o si alguien llevaba mal abrochados los botones -había llegado a abrochárselos bien a gente que veía por la calle sin conocerla-.

Yo solo sabía asentir y pensar en si llevaba bien abrochada la chaqueta o me habría pintado un ojo más que el otro, ¡qué presión! Cuidado también con colocar mi vaso demasiado cerca del suyo o invadir su círculo de espacio vital al ir a coger el azúcar.

El caso es que Jacinto era muy simpático pero cualquier opción de ocio con él resultaba complicada. No le gustaba ir al cine porque le horrorizaba la idea de que alguien metiera la mano en su cubo de palomitas y, además, los asientos estaban demasiado próximos. Las discotecas estaban descartadas porque la gente se arrimaba y frotaba en exceso (no le pude desmontar ese argumento porque era cierto).

Por lo que decidí que una buena opción era ir a la sierra a hacer una excursión, allí había espacio de sobra y seguro que no habría mucha gente si íbamos temprano (¿quién me iba a decir a mí que madrugaría para tener una cita?).

Allá que fuimos Mister Maniac y yo a disfrutar del campito y a conocernos un poquito más. Todo iba bien, el sol brillaba, los pajaritos cantaban, las flores florecían, no había ni un alma… Con lo que no contábamos era con nuestro nulo sentido de la orientación, tan ensimismados estábamos hablando que no nos dimos cuenta de que nos habíamos apartado del camino principal y que, tras unas cuantas horas, nos habíamos perdido. Todos los árboles nos parecían iguales y llevábamos un buen rato dando vueltas al mismo sitio. Le entró el pánico (y a mí también, para qué engañarnos) y ninguno de nuestro teléfonos móviles tenía cobertura.

La única que había llevado una botella de agua era yo pero para Jacinto suponía un auténtico reto beber de la misma botella (descartaba entonces que fuéramos a intercambiar saliva), pero era eso o morirse de sed. Estaba empezando a hacer frío y a nublarse, y el único camino que se vislumbraba era bastante angosto y pedregoso.

Jacinto estaba bloqueado, pensé en cogerle de la mano y empezar a andar juntos pero cualquiera se arriesgaba (igual podía empujarle un poco suavemente, o con un palito). No podíamos quedarnos allí parados esperando que alguien cayera del cielo -yo ya me veía como en Viven o en 127 horas-.

“Yo te he traído hasta aquí y yo te sacaré”: le dije para insuflarle valor (a él y a mí misma). Y rompiendo todas las reglas que tenía establecidas le cogí del brazo, de su carne desnuda porque encima iba en manga corta, y, sin darle tiempo a que protestase ,comenzamos a andar el sendero que sería nuestra salvación.

Cuando vislumbramos a un grupo de gente me entró tanta alegría que le abracé y ahí Jacinto entró en shock. Estaban siendo demasiadas emociones y tocamientos para él. El muchacho se desplomó allí mismo (mentiría si dijera que fue en brazos porque no podía con él).

Fue un mareo sin importancia, producto del cansancio y la deshidratación, según me contó en un Whatsapp que me envío al día siguiente. De hecho se encontraba mejor y más vivo que nunca, estaba dispuesto a que fuésemos donde yo quisiera, incluso un festival de abrazos si hacía falta.

Le contesté que no, que era yo la que necesitaba ahora mi círculo de espacio vital donde iba a cuidar un poco más a quien dejaba entrar. Bastante tenía yo con mis cosas para aguantar las de otro la verdad. Ahora en el bar donde desayuno he conseguido que pongan un cartel de “reservado” en mi zona y ya no acepto notas de extraños.

Damián, un padre en apuros.
Di-ego, el actor.
Categories: Citas

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