Hay gente que soporta bien el dolor físico, gestionan de maravilla un dolor de cabeza o un dolor muscular, por no hablar del período, esos días que me pasaría hibernando sin salir de la cama si pudiera. Yo soy más de empastillarme cada vez que pinta la ocasión, como decían en ese anuncio (creo que de sectas) ¡pare de sufrir!

Con los dolores musculares no solo tiro de drogas sino también de fisioterapeutas que puedan colocarme aquello que se descolocó. Cuando el de mi barrio decidió mudarse a otra ciudad, recurrí a uno que me recomendó una amiga.

Así conocí a Héctor, un fisioterapeuta de casi dos metros, pelo largo, y gafas constantemente en la punta de su nariz. El título de fisioterapeuta no era el único colgando en las paredes del despacho donde Héctor trataba a sus pacientes. También tenía el de kinesiología, acupuntura, osteopatía y naturopatía (y alguno más terminado en “patia” que no recuerdo).

Resulta comprensible que un fisio te pregunte qué tipo de vidas llevas, si eres sedentaria, practicas algún deporte, si tu puesto de trabajo implica que pases muchas horas sentada, etc. Pero desde el primer día que acudí a su consulta, Héctor se interesó por mi alimentación, sobre qué desayunaba, comía, merendaba y cenaba.

Tras darle todos los detalles de mi menú diario y, como si hubiera tenido una revelación definitiva (bueno, y después de darme unos tubos de colores que debía apretar con cada mano alternativamente con los pies separados a una X distancia), determinó que había algunos alimentos de los que abusaba y que debían desaparecer de mi dieta definitivamente. Entre ellos, el trigo. Todo esto mientras me descontracturaba y quitaba los nudos que había en mi cuerpo.

  • Si eliminas el trigo mejorará tu piel, tu pelo y te sentirás mucho mejor. (Juraría que había ido a la consulta de un fisioterapeuta y no a la de un endocrino o un nutricionista).
  • ¿Eso significa no volver a comer pan? Le miré con ojitos suplicantes a lo Bambi. ¿Ni un currusquito para mojar el huevo frito?
  • Puedes tomar pan, pero de espelta, centeno, kamut o de trigo sarraceno. Y deberías introducir otros alimentos como la quinoa o el mijo (¿eso no era alimento para pájaros?). ¿Normalmente que desayunas?
  • Lo que todo el mundo, café con leche y tostada.
  • Son sustancias que te están dañando. ¿Por qué no pruebas con un té y un aguacate?
  • Si lo único que me hace levantarme de la cama es que me espera una café con leche, ¿crees que voy a poder hacerlo si me espera un agua verde y una fruta fea que hay que pelar y trocear? No lo veo.

Salí de la consulta como nueva y con mucha energía, con lo que me fui a un herbolario a comprar todos esos productos nuevos y con tantas propiedades. Para darme cuenta que comer “sano” no es nada barato.

Ilustración: El mono que pinta

A las tres semanas tuve que volver a la consulta por un tirón en el cuello dolorísismo (solo podía tener la postura de la madre del Rey). Nada más llegar me preguntó por mi dieta y le conté que había introducido esos nuevos alimentos que me recomendó. Mirándome directamente a los ojos me preguntó si había consumido algo de trigo. Empecé a titubear. Me recomendó que fuera sincera, que estaba engañando a mi propio organismo llevando una doble vida.

Acorralada ante la Gestapo del Gluten le confesé que sí, que una mañana desayuné un croissant, relleno de Nutella. Fue un momento de crisis, de mucho estrés en el trabajo, de no poder seguir pasando por delante de pastelerías y panaderías ignorando ese olor tan apetecible y delicioso que te envolvía y al que antes seguía como el flautista de Hamelin. Estaba harta de las galletas de centeno que sabían a zapatilla mojada.

La Gestapo del Glutén volvió a preguntar inquisitivamente y acabé confesando que había comido tarta en el cumple de mi madre, canapés en la presentación en el curro, y que a veces robaba miguitas de pan de las mesas cuando nadie miraba.

Me aconsejó que tenía que limpiar mi hígado de todas las toxinas que le había estado introduciendo, y que el dolor en el cuello se debía a una razón concreta: melancolía. Y vivir así es morir de amor, añadí entre risas.

Pero Héctor no se reía, al contrario. Con gesto serio, y sus gafas en la punta de la nariz, me vino a decir que el dolor era producido por la añoranza que estaba sintiendo por algún tiempo pasado. Fue entonces cuando me recomendó a una colega que podía ayudarme a eliminar ese tipo de sentimientos mediante la lectura del iris.

Creo que él también se dio cuenta, en ese momento, de que había sobrepasado el límite de mi confianza y credibilidad. Yo acudía a su consulta con dolores físicos y él trataba de buscarles una explicación que no me cuadraba.

En un intento de volver a esa confianza, me cogió la mano y me dijo que le parecía una persona extraordinaria, con un gran poder interior que estaba desperdiciando. Y que reconocía que se estaba preocupando tanto porque sentía una conexión muy especial conmigo.

  • Me gustaría, Esther, que nos viéramos fuera de la consulta, no como médico y paciente, sino como hombre y mujer.
  • ¿Esto no va contra vuestro código deontológico? ¿O los naturópatas no tenéis de eso? Yo no percibo esa conexión de la que hablas. Además, si me estás pidiendo una cita va a ser difícil. No podemos ir a tomar unas cervezas, porque el alcohol es nocivo, ni un café, que tú eres de té, y a mí me pillas saturada del tema. Tampoco podemos ir a cenar, porque me voy a estresar con todo lo que no puedo comer. No lo veo.

Y me salí de la consulta sin esperar a su reacción, sin pagar y sin mirar hacia atrás (no fuera que me pidiera el dinero). De todas las citas que he tenido, y mira que las ha habido pésimas, ésta era a la que peor futuro le auguraba. Ahora, cada vez que tengo un dolor muscular, cuento hasta diez, me empastillo, me tomo un poco de mijo, y espero a que se me pase.

 

Álvaro, el avaro
Luca, profesor de inglés
Categories: Citas

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