Mi madre siempre me cuenta que mi temor a los médicos se manifestó siendo yo bien pequeña. Cada vez que me llevaba a poner una vacuna, escogíamos un camino distinto para ir centro de salud. Porque ¡ay si me enteraba de que me iban a poner una inyección! Salía corriendo como alma que lleva el Diablo. También me ha dicho que de las primeras frases que pronuncié fueron: ¡el señor de la bata blanca no, el señor de la bata blanca no!

Conforme iba creciendo, mi miedo se fue acompañando de una cierta aprensión e hipocondria. Irme a hacer unos análisis me generaba tal ansiedad que tenía pesadillas. De hecho, en una ocasión me desmayé en mitad de la analítica y caí redonda al suelo. El susto fue mayúsculo para las enfermeras y, desde entonces, me hacen los análisis tumbada en una camilla (y no me ponen camisa de fuerza porque será ilegal). En una visita al dentista me puse tan nerviosa con el ruidito de la maquinaria que emplean que le di un mordisco a la doctora. Y en una visita al ginecólogo rompí el especulo de la tensión que tenía en el cuerpo.

Pero todo cambió el día que conocí a Ernesto, el nuevo ayudante de la médica de cabecera del consultorio de mi barrio. ¿De qué academia había salido Ernesto? ¿De la de Urgencias de George Clooney o de la Sheperd de Anatomía de Grey? Porque de la misma a la que había ido Emilio Aragón en Médico de familia fijo que no. Ernesto era alto, guapete, con barbita, ojos y gafas de chico listo y una sonrisa que podía hacerte caer rendida a sus pies, aunque tuviera un enema en la mano.

Desde que me enteré de que Ernesto iba a estar ejerciendo como ayudante varios meses, mis visitas a la consulta pasaron de cero a cien. Que si un lunar me había cambiado de tamaño y a ver si aquello era un melanoma. Que si últimamente tenia dolores abdominales y resulta que eran gases. Yo ya me imaginaba cómo sería jugar con Ernesto a eso de los médicos. El me preguntaría donde me dolía y yo le iría diciendo: más abajo, más abajo, hasta llegar al sitio adecuado.

Ilustración: El mono que pinta

Llegó un momento en que yo me iba quedando sin excusas para ir a la consulta, ya no valía lo de poner termómetro cerca de la lampara para que marcase fiebre y tus padres no te llevasen al colegio.  Uno de esos días, y sentada frente a la doctora y mi amado Ernesto, me quedé totalmente en blanco cuando me preguntó el motivo de mi visita. (Piensa, Esther, piensa. Estás quedando como una idiota) Pero mi mente estaba seca, demasiado esfuerzo había invertido en pensar que me ponía y no repetir modelito. (Piensa Esther, piensa) Y dije lo primero que me vino a la cabeza: “Hace días que no voy al baño”. (¡Mierda!, ¿ir al baño? ¿cosas de cacas con un tío que te mola?)

La doctora sonrío y me dijo que eso no tenía importancia, que incluyese más fibra en mi dieta. Me quedé callada, mirando al suelo. Pero, si te quedas más tranquila podemos echar un vistazo- añadió la mujer de la bata blanca.

  • (¿Un vistazo donde?) Si lo considera necesario…
  • Tumbate en la camilla, bájate un poco el pantalón y las bragas, mira hacia un lado y flexiona las rodillas.
  • (Esto no puede estar pasando, quiero irme a casa) Sí, claro.
  • Relájate Esther, que ademas estás de suerte. Ernesto se va a estrenar contigo en su primer tacto rectal.

¡Y el mío acerté a decir! antes de experimentar una de las sensaciones más vergonzosas e intimidantes que he tenido en mi vida. Porque ya nunca nada es igual después de que te hagan un tacto rectal, mancillan lugares que creías solo tuyos. Una vez que se cercioraron de que todo estaba en orden, recogí mi maltrecha dignidad y salí de la consulta sin mirar atrás.

 

  • Esther, espera un momento. ¿Estás bien? (era la voz de Ernesto que me llamaba). Para un momento, necesito hablar contigo. Llevo tiempo pensando en decírtelo pero me gustaría que nos pudiéramos ver un día (música celestial en mis oídos).
  • ¿A mi? ¿Después de lo que has visto?
  • A ti, claro. Me gustaría verte porque te considero una persona muy interesante.
  • ¿Yo? ¿Interesante? ¿La del culo en pompa de hace un minuto?
  • Ja, ja, ja. Aunque no lo creas llevo tiempo buscando alguien como tu (pausa dramática en la que ya me estaba imaginando como la señora del doctor) porque necesito completar mi tesis sobre hipocondría en los sujetos femeninos e invención de síntomas.
  • ¿Ah? ¿Que quieres que sea tu cobaya? Y sin ni un café de por medio. Pues que sepas que, si esa es la maestría que tienes con tu dedo en la partes intimas de una mujer, no vas a ligar ni conmigo ni con nadie. Ciao.
Pesadilla antes de las vacaciones
¿Qué hubiera sido de mi vida si...?
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