Hasta hace poco yo pertenecía a esa clase de trabajadores que aman su trabajo (y eso que mi trabajo es el amor –añádase música de Barry White-) pero después de una cuantos años (o siglos) he llegado a un punto en que me he cansado.

No me entendáis mal; mi trabajo es muy bonito, sobre todo cuando se trata del primer amor. Ese muchacho que se enamora inocentemente de su profesora (porque todas las maestras son como Cameron Diaz y no como la señora Doutbfire) y después de comprender que su amor solo puede ser platónico, empieza a gustarle su compañera de pupitre. Y después intercambian notitas con dibujos y comparten el bocadillo en el recreo, o las galletas sin fructosa.

O ese amor loco adolescente por el que estabas dispuesta/o a marcharte de casa y recorrer el mundo en una vespino. Porque con el amor era suficiente, el amor te iba a dar de comer, de beber, te abrigaría en las noches de frío y te protegería de los días de lluvia (hacedme caso, mejor un paraguas).

Pero mi trabajo es complejo también; sobre todo cuando no tenéis claro a quien queréis que dispare mis flechas (y la munición está contada, que las crisis nos llega a todos). Un día uno, al día siguiente su amigo, al otro día el vecino, esa misma noche el camarero del bar, o el dj, o el gogo, o todos a la vez.

O cuando lleváis la flecha en la frente pero no os dais cuenta, porque tenéis la cabeza y el corazón en otras cosas. Y al final tengo que forzarlo todo con encuentros casuales en el ascensor, o averías del coche en el momento más inoportuno.

Así que me he cansado. Y lo he dejado, por un tiempo, como una excedencia. Tampoco creo que pase nada en el mundo por una temporada sin Cupido, San Valentín, o como me queráis llamar.

Ilustración: Guillermo Sanchidrián

Y he dejado las flechas y las alas (y la peluca rubia de rizos, porque es peluca, los rizos esos solo los logra Bisbal) en un trastero de Bluespace y me he puesto de paisano. Como un turista en un país extranjero, a ver la vida pasar.

Lo primero que he hecho ha sido sentarme en un banco del parque al sol, muy tranquilamente, con un café en vaso de cartón de esos que tanto os gustan (que no entiendo el motivo porque no sabe tan rico) y han llegado unos niños pequeños a jugar en los columpios.

Eran unos críos adorables, con sus chándales de marca, sin mocos ni restos de chocolate en la cara, que jugaban con un balón. Al rato apareció una niña y se puso a mirarles con detenimiento. Estaba claro que quería jugar con ellos, pero ninguno le decía nada, y la pequeña, que tampoco se atrevía a preguntarles, tenía cada vez los ojos más triste. Sentada en un banco balanceaba sus piernitas mientras seguía con la mirada la pelota de colores. ¡Y ninguno le decía que se uniera a ellos!

No pude aguantar más, me levanté y me fui a un centro comercial. Deambulé por los pasillos sin entrar en ninguna tienda hasta que me entraron ganas de ir al servicio. Porque los santos también tenemos ciertas necesidades. En la puerta había una pareja con su bebé de pocos meses discutiendo:

  • ¿Tanto te cuesta quedarte un rato con el niño para que pueda echar un pis?
  • ¿Tanto te cuesta entender a ti que tengo que hacer una llamada de trabajo y con el niño berreando no puedo?
  • Llevo todo el día con él y no puedo más. Necesito un minuto para poder ir al baño. Puedes hacer la “llamada” cuando salga.
  • La llamada la puedo hacer cuando quieras tú, ¡no te digo! Como se nota que ya estás fuera del mundo laboral.
  • Si estoy fuera del mundo laboral es porque lo acordamos así, te recuerdo que yo trabajaba antes de que tuviéramos al niño.
  • Pues haberlo pensado mejor, que ya sabías todo lo que implicaba. Estás todo el día quejándote de lo mismo, ¡eres agotadora!
  • Pues tú podías haberte hecho la vasectomía antes y no hubiéramos llegado a este punto.

Un escalofrío me recorrió toda la columna vertebral. Me alejé deprisa de allí con una sensación desagradable en la boca del estomago. Decidí a salir a tomar un poco de aire. En la salida de emergencia había un guardia de seguridad en actitud inquieta, mirando constantemente su reloj.

Uno de los poderes que tengo como funcionario del amor es saber leer la mente -en cuanto a pensamientos amorosos- el resto no, afortunadamente (aunque no sé que es peor). Y en la de este chico aparecía una imagen muy nítida de una joven caminando con prisa y entrando en una tienda del centro comercial.

– Si lleva su bufanda favorita, esa que se pone cuando se siente guapa, le saludo.

– Si lleva el pelo recogido, que eso es cuando se le han pegado las sabanas, me acerco.

– Si se ha puesto tacones, que eso es que le toca clase de baile, le pregunto la hora.

– Si me mira y me sonríe, me lanzo y le digo que me gusta.

Pero nada de aquello ocurrió, la muchacha pasó como una exhalación, sin tacones, sin bufanda y sin el pelo recogido, y aquel guardia de seguridad ni pestañeó de lo nervioso que estaba. Su cara de decepción se me clavó en el alma.

¡No me lo puedo creer! ¿Es que no podéis hacer nada sin mí? Os dejo un ratito solos y la que organizáis: familias a punto de romper, niños jugando solos, solteros para toda la eternidad… No me puedo tomar ni medio día libre. ¿Por qué no elegiría el departamento de Santa Bárbara, que solo se acuerdan de ella cuando truena?

Pues eso, ¡¡Feliz San Valentín a todos!!

Cuento de Navidad
Categories: Cuentos

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