Tengo una amiga que es periodista a la que le llegan muchas invitaciones a estrenos, a los que suele llevarme. A veces es un ballet clásico de Moscú en el que solo puedo fijarme en el paquete que le marcan las mallas a los bailarines (soy humana vale), y a veces son obras más divertidas con pocos medios y actores de talento. En una de las del segundo tipo conocí a Diego, o como más tarde le rebautizaría Di-ego. Un actor vocacional que se había marchado a Estados Unidos a triunfar en Hollywood y había acabado haciendo la teletienda nocturna con anuncios de pelapatatas  y “Gym Extender”.

Ya de vuelta a su tierra (y a la realidad) se ganaba la vida participando en montajes teatrales y haciendo de mago en fiestas infantiles y comuniones. Reconozco que me pareció un tipo muy divertido con el que no paré de reírme mientras nos tomábamos unas copas en el bar de al lado del teatro. Las risas siguieron en mi casa donde yo misma propuse que nos tomásemos la última. Como imaginareis, Diego se quedó a pasar la noche.

A la mañana siguiente yo madrugaba para ir a trabajar y le dejé durmiendo. Algo que aprendí después es que no conviene despertar a los artistas porque necesitan cumplir su ciclo de sueño, por el bien de su voz y de su aspecto físico. Lo que no imaginaba es que el ciclo de sueño de Diego no tenía fin y, cuando volví a casa del curro, seguía en la cama durmiendo, juraría que en la misma posición.

Al principio me dio ternurita e intenté no hacer demasiado ruido para no despertarle – andando de puntillas en mi propia casa- pero según llegaba la noche me dediqué a arrastrar todos los muebles para ver si el señor lirón abría un ojo. Lo logré y cuando Diego por fin salió de mi cama su primera frase fue que tenía mucha hambre. Le repliqué que apenas tenía nada en la nevera y él me re-replicó diciendo que no era un problema, puesto que él que me iba a preparar los macarrones más ricos que iba a probar en mi vida, elaborados con una receta que le había dado el mismísimo Robert De Niro, y que había probado la mismísima Gywneth Paltrow – juraría que era vegana y por eso llamaba a sus hijos manzana y esas cosas-.

Lo cierto es que tenía ganas de que se fuera para quedarme sola (lavar las sabanas con lejía y esas cosas) pero tampoco quería mostrarme borde. Así que intenté ser todo lo simpática que pude mientras Diego se mostraba muy nervioso. Su móvil se había quedado sin batería y estaba esperando recibir una llamada muy importante. Le presté un cargador que enchufó en la cocina, cerca de la mesa donde cenamos.

Se debió de levantar del orden de veinte veces porque aseguraba que su teléfono estaba sonando. En varias ocasiones lo cambió de sitio buscando más cobertura, y me hizo llamarle desde mi móvil – y desde el fijo- para comprobar que funcionaba bien.

Los macarrones resultaron no ser los mejores que había probado en mi vida pero esta vez la actriz fui yo y le dije que estaban deliciosos. Lo que fuera para ver si cogía la puerta y se marchaba. Pero no, agarró la botella de vino y se sentó en el sofá preguntándome cuál serie me apetecía que viésemos. Comenzamos a ver una donde, casualmente, el protagonista había sido compañero de Diego en un curso. Durante los diez minutos que llegamos a ver antes del primer anuncio al protagonista le llovieron críticas de todo tipo: se notaba que no se había trabajado suficientemente al personaje, tenía los tics típicos de cuando hizo el curso, etc, etc .

¿Quieres ver a un actor de verdad? Enciende el ordenador que te lo voy a mostrar.

Ilustración: El mono que pinta

Yo esperando descubrir un actor iraní desconocido pero lleno de talento y no, me pone una película rollo telefilme de sobremesa, donde Diego tenía tres frases. Tres frases que me acabé aprendiendo de memoria de las tantísimas veces que las puso, la mayor parte de las cuales bajando el volumen y diciéndolas en voz alta en el momento.

Creía morir de sueño y aburrimiento pero lo peor estaba por llegar puesto que, seguidamente, me mostró todos los anuncios que había rodado (pomadas antihemorroidales, parches para la nicotina, pañales para adultos… ) y los cortos que había protagonizado, la mayor parte dirigidos por él mismo y grabados en su casa.

Llegó un momento en que anuncié que estaba agotada y me iba a la cama, y Diego me siguió, bañado en su supuesto éxito, hablándome de todos los actores a los que había conocido en Los Ángeles y de las confidencias que habían compartido, y no se qué sobre un Óscar que Denzel Washington guardaba en la mesilla de noche… (no recuerdo más porque me quedé sopa).

A la mañana siguiente Diego estaba despierto – oh, milagro- pero no parecía querer moverse de la cama, hecho un ovillo y tapado con la manta hasta la cabeza.

  • Diego, yo me voy a trabajar, si quieres te acerco a tu casa o algún sitio.
  • No, no te preocupes. No quiero molestarte. En cuanto reúna fuerzas para salir de la cama me iré por donde he venido.
  • Pero ¿te encuentras mal? ¿llamo a un medico?
  • El dolor que siento no lo puede curar un doctor, es un dolor que nace del alma y se alimenta del fracaso. No soy nadie, Esther, no he llegado a nada. Nadie quiere contar conmigo para sus proyectos, me han dado de lado. Ahora entiendo perfectamente a Christian Slater.
  • Será una etapa Diego, no te angusties. Todas las grandes estrellas pasan por ello, caen en el olvido pero luego resurgen. Mira Michael Keaton.
  • Como se nota que no conoces este negocio, yo les he dado todo, mi tiempo, mi energía, mi vida. Ellos se alimentan de mis sueños para luego convertirlos en ceniza.
  • Di-ego, no tienes público delante, no sigas con el drama. Vete a tu casa y descansa, seguro que mañana lo ves todo de otro color.
  • Claro que me voy, me doy cuenta cuando en un sitio ya no me quieren. Tenía que haberme ligado a tu amiga la periodista, por lo menos tendría algún contacto que me podía haber servido.

Jacinto y sus cosas.
Adriano, el coqueto.
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