Nunca he entendido la teoría de que un hombre liga mucho más con un bebé. Por ejemplo, en los parques las madres disponibles están mas pendientes de que su hijo no se atragante comiendo arena, o no se descalabre en el tobogán. Y las que no tenemos hijos, a las que no tenemos hijos no se nos ha perdido nada en un parque para niños.

Dicho esto, he de reconocer que yo he sucumbido a ese efecto de papichulo. En mi defensa diré que por mi trabajo en el instituto veo y me relaciono con muchos padres que, además de tener un hijo adolescente que les vuelve locos, tienen un hijo más pequeño con el que se muestran tan cariñosos y vulnerables que no parecen hombres siquiera.

Y así fue como conocí a Damián, con D de dulce y de delicioso. Un hombre que estaba atravesando una época ciertamente complicada puesto que se acaba de separar de su mujer, con un bebé de poco más de un año y un teenager de 14 rebelde a la enésima potencia. Cuando acudió a mí para pedirme consejo sobre su hijo mayor, lo hizo acompañado del pequeño, que tenía sus mismos ojos claros y su mismo hoyuelo en la barbilla que le hacía casi comestible.

Las visitas para hablar del difícil carácter de su hijo terminaron convirtiéndose en confesiones sobre lo solo, vacío y desorientado que se sentía. Ser padre sin ayuda le estaba viniendo grande. Así las cosas, y con la esperanza acercarme un poco más a Damián (y echar un polvete, no voy a negarlo) me ofrecí a cuidar de su pequeño si él necesitaba una canguro en una emergencia. ¡Qué poco pensaba yo que me iba a tomar la palabra!, y que ese fin de semana me escribiría para pedirme que me quedase con su bebé porque el tenía una reunión de trabajo muy importante y urgente y su hijo mayor estaba de acampada.

Ilustración: El mono que pinta

¿Qué sabía yo de bebés? Nada, salvo como hacerlos. ¿Qué hay que hacer con ellos? ¿Cémo se duermen? ¿Se les puede dar de comer después de las doce? En este tipo de situaciones de crisis, como cuando miento y digo que se cocinar y no tengo ni pajolera idea, tengo mi particular remedio: tiro de internet. Asi que me empapé bien de tutoriales de como cambiar pañales, en los que un bebé regordete y feliz sonríe mientras una mujer la cambia el pañal en apenas un movimiento de muñeca. Todo esto amenizado por una maravillosa musiquita relajante que hace que el bebé gorgojee.

Con la esperanza de que cuando Damián regresase de su reunión me agradeciese el servicio de Nanny a posteriori, me puse bien mona, con bien de tacón y bien de chapa y pintura. Esperaba que el bebé estuviese todo el rato durmiendo mientras yo leía relajada una revista -como había visto en otros tutoriales sobre dormir a un bebé-.

Cualquier parecido con la realidad hubiera sido pura coincidencia. Desconocía el número de decibelios que podía alcanzar el llanto de un bebé, el hijo de Damián no dejó de berrear desde que su padre salió por la puerta. Le acuné, le canté, le hice cosquillas, le puse música, le ofrecí dinero, pero nada, el pequeño no paraba de llorar.

Tras intentar calmarle con todos los juguetes que tenía, que no eran pocos, eché mano de lo que llevaba en mi bolso por si la novedad conseguía engañarle. Y así fue, el pequeño se quedó prendado de mi barra de pintalabios con la que estuvo forcejeando hasta que consiguio abrir para mirarla con fascinación. (Normal porque me había costado una pasta). Llamó entonces su padre para ver si todo iba bien, y le mentí, como una bellaca: su niño era un primor y todo iba sobre ruedas. Cuando colgué y volví la vista hacia el bebé, el desastre ya estaba hecho. Durante los apenas dos minutos de conversación se había dedicado a pintar con mi rouge la nueva versión de Altamira en las paredes.

En estado de pánico pensé en consultar a las expertas y le escribí a mi madre, que me recomendó que sino se quitaba la pintura moviera los muebles para ocultar la obra de arte, y que diera de comer al pequeño monstruito ya que eso siempre funcionaba conmigo (gracias mamá por haberme cebado como un pollo).

Darle el potito se convirtió en una batalla campal. El bebé giraba la cabeza como la niña del exorcista mientras las cucharadas iban impactando como proyectiles en su ropa, en la mía, en la televisión… Cambiarle el pañal no fue mejor.  El pequeño se retorcía pringando todo lo que había debajo y, aunque parecía la mujer de mil manos sujetando el pañal limpio, la toallita, la esponja, los polvos de talco y la pomada, no pude evitar que se mease salpicándome entera.

Me propuse dormirle para poder limpiarme un poco y descansar pero, después de ponerle varias listas de nanas en el Spotify, la que se quedó frita fui yo. Me despertó el ruido de coche fuera de la casa y me asomé  para ver cómo Damián se bajaba de un vehículo conducido por una atractiva rubia. Supuse que sería una compañera de trabajo pero cuando vi cómo se despedían con un apasionado beso y un “tenemos que repetir en ese restaurante pronto”, me percaté de que aquella no había sido una velada laboral.

En cuanto Damián entró por la puerta, le puse a su hijo en brazos y le dije que le pasaría la factura por la tintorería y una nueva barra de labios. No se podía ser más pringada (literal) y más ilusa.

Soltera y entera
Jacinto y sus cosas.
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