Hace unos cuantos años, cuando los centros de las ciudades no estaban plagados de multisalas de cine y megatiendas de ropa, existían lugares donde habitaba la magia. Uno de ellos era el Sanatorio de Muñecos, una tienda donde entraban muñecos rotos, heridos, descosidos o averiados, y salían muñecos maravillosos que volvían a calentar el corazón de muchos niños.

Ramón se sentía el hombre más afortunado del mundo por trabajar en ese sitio. No importaba las horas que hubiera que echar, las veces que se hiciera daño en las manos, la vista que fuera perdiendo por ser tan preciso, si a cambio conseguía dar una segunda oportunidad a ese muñeco o a ese peluche desvalido y roto.

La vida no le había dado mucho a Ramón, un corazón físicamente endeble que no le permitió apuntarse a los equipos de fútbol cuando era más joven, y un físico poco agraciado que no le permitió llevarse de calle a las mocitas (como él las llamaba). Pero además de su trabajo en el Sanatorio estaba Clara, su querida hija, la única, fruto de un matrimonio sin convencimiento e ilusión con Begoña. Una mujer fría y distante que no entendía porqué su marido despilfarraba su vida en la tienda sin prosperar.

Ilustración: El mono que pinta

Antes de que llegase esta crisis de la que tanto hablamos, hubo otras. Y en una de esas fue cuando los dueños del Sanatorio de Muñecos decidieron echar el cierre, pocos días antes de Navidad. Ya nadie acudía a reparar sus muñecos, todos preferían comprarse unos nuevos o jugar con las consolas, y el negocio no era viable. Como detalle a los empleados que fielmente les sirvieron, les permitieron coger una muñeca de la tienda de las que nadie había ido a recoger. Ramón decidió llevarse a Lola, una muñequita que no podía estar de pie, puesto que tenía una pierna más corta que la otra, un párpado que no se cerraba, y el pelo más enredado y estropajoso del mundo.

El día de Nochebuena cuando Ramón volvió a casa para comunicar su decisión con Lola en su brazos, hubo reacciones muy dispares. Mientras Clara abrazó a Lola como si de una nueva hermana se tratase y le prometía cuidarla y hasta peinarla; Begoña le reprochó haber escogido la muñeca más fea de todo el local, y haberse dejado media vida en un negocio que no tenía futuro.

A partir del cierre del Sanatorio los días se tornaron grises para Ramón, no tenía ganas de levantarse de la cama, ni de comer, ni de salir a la calle. Su hija le animó a que arreglase otras cosas, como antes hiciera con las muñecas, pero no era lo mismo. Su mujer le instó a que encontrase otro trabajo, pero Ramón no hallaba fuerzas. Estaba enfermo de tristeza y su corazón se iba apagando y apagando cada vez más, hasta que un día, simplemente, dejó de latir.

Sin tiempo para llorar a su padre, Clara se vio obligada a cambiar de casa y de ciudad. Solo tuvo tiempo de llevarse consigo a Lola, la mejor herencia que le había dejado Ramón.

La adolescencia de Clara fue difícil, adaptarse a un sitio nuevo y a un colegio nuevo fue duro. No contaba con el apoyo de su madre, que había decidido reinventarse. Encontró un trabajo que le obligaba a viajar constantemente y tenía una ajetreada vida social. Muchas de aquellas tardes la única que esperaba a Clara al volver de clase era Lola, la que escuchaba cómo le había salido el examen, o si le empezaba a gustar tal o cual chico. Lola fue también testigo de sus primeros disgustos amorosos, de sus pruebas de vestuario para una primera cita, de sus conversaciones telefónicas eternas con sus novietes. Y la que vio como su corazón de volvía loco por Ernesto, un amigo de un compañero de la Universidad.

Ernesto le puso color a los días de Clara, le devolvió la fe en el amor y en la felicidad que había perdido tras la muerte de su padre, y hasta le dio ganas de volver a celebrar las Navidades, algo que desde la muerte de su padre había evitado. Tanta emoción les hizo casarse muy pronto y comenzar juntos un negocio en el que ella invirtió todos sus ahorros.

Aquel espejismo duró poco tiempo. Ernesto se fugó en secreto con todo el dinero invertido y abandonó a Clara, dejándola con el corazón roto. Ella creyó que se iba a morir de tristeza. Como le sucediera a su padre tras el cierre de la tienda, la oscuridad llegó de nuevo para quitarle la sonrisa.

cuento03La única que le quedaba, puesto que su madre se había desentendido de su amargura y su dolor, era Lola que, desde lo alto de un armario le observaba fijamente cada mañana (no podía pestañear) mientras Clara se quedaba en la cama todo el día, dejando que el tiempo pasase.

Uno de esos días de encierro voluntario le dio a Clara por darse cuenta de lo fea que se veía Lola, con su pestaña sin cerrar y su pelo enmarañado, amén del polvo que se había acumulado por no limpiar encima del armario. Se levantó de la cama y se dispuso a adecentarla, a intentar arreglarla la pestaña, y hasta hacer unos zapatitos que equilibrasen la diferencia entre sus piernas.

No consiguió arreglar la dichosa pestaña pero se dio cuenta de que disfrutó con el proceso, de que olvidó el dolor y la pena que sentía. Entendió que ya había hecho el luto suficiente por Ernesto, aunque no lo mereciera, y por su padre, y que debía empezar de nuevo. Se apuntó a un curso de confección y empezó a probar con telas a hacer sus propias creaciones. Con mucho esfuerzo y dedicación, y siempre con Lola de testigo y apoyo, consiguió establecer su propia taller de costura: Los arreglos de Lola.

No es que fuera un negocio muy próspero pero cogiendo bajos y arreglando cremalleras conseguía salir adelante y, sobre todo, obtenía la ilusión y la fuerza necesaria para levantarse cada día. La mañana de una Nochebuena entró a la tienda una vecina del barrio. Había oído hablar de ella por otras clientas, que aseguraban que era un poco fresca y que se merecía la mala suerte que había tenido en el amor y en la vida.

Venía con su hija pequeña, de apenas cinco años, que no dejaba de llorar. En su falda tenía un desgarrón de gran tamaño y necesitaba que se la arreglase con urgencia, aunque no sabía cuando podría pagarle. En unas horas tenía una entrevista de trabajo y era su falda de la suerte. Clara le prometió que sí, que la arreglaría, pero decidió hacer algo más. Cogió a Lola del escaparate, donde había estado desde que abriera la tienda, como un ángel de la guarda, y se la dio a la pequeña. Mirando a la madre, que no entendía nada, le dijo que a ella le había curado y acompañado en su época más gris. Como le enseñó su padre, todo el mundo se merece una segunda oportunidad.

El día que San Valentín se cansó de serlo
Categories: Cuentos

2 Responses so far.


  1. Regina Ranz dice:

    Gran moraleja, en un maravilloso cuento, de una ENORME Esther Ballester¡
    FELIZ NAVIDAD

    • Esther dice:

      Muchas gracias, me alegra que te haya gustado. ¡¡¡Feliz Navidad a ti también!!! Y que la Navidad te traiga muchas cosas bonitas

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