Cuando empezamos a salir con alguien siempre procuramos mostrar nuestra mejor versión, somos más tolerantes y abiertos de miras porque, de algún modo, queremos gustar/agradar a esa persona. Somos capaces de ver una película en versión original aunque nos parezca un rollo de gafapastas o nos tragamos un partido de futbol del tirón. Total, si no nos compran al principio, ¿cómo lo van a hacer luego cuando descubran nuestras taras?

Y así en esos primeros días de empezar a salir con Fermín, me sentía muy cómoda con sus piropos y su costumbre de ensalzar cada cosa que hacía. Estábamos en promoción. Tan plácidamente estaba que con el paso de los meses no me di cuenta de que estaba dejando de ser yo misma, para ser mi peor versión. Y es que, claro:

para Fermín siempre estaba guapísima, recién levantada por la mañana -aún con legañas y baba de la noche- estaba radiante. Con lo que por mi pelo dejaron de pasar el secador, su amiga la plancha, y el tinte o acondicionador. Como le gustaba mi melena natural yo me creía ser Tina Turner cuando, en realidad, parecía que había metido los dedos en el enchufe.

– Con cualquier trapillo le parecía que estaba super sexy. Por lo que pasé de comprarme la lencería de a 100 euros el sujetador a la de 1 euro la braga de mercadillo, y color nude, para que no se transparentara con la ropa.

  • Cocinaba de muerte y mis platos estaban a la altura de MasterChef aunque luego estuviera pegado a Almax o a la taza del water, según el día.
  • Le parecía la mar graciosa o de ocurrente, podía tirarme horas con monólogos sobre cualquier mierda de mi trabajo que se partía -literalmente- de la risa.

Ilustración: El mono que pinta

– Y, por supuesto, era super inteligente (a la altura del premio Nobel) aunque no tuviera ni idea de quienes eran la mitad que salían en el Telediario o no acertase ni una pregunta de las de “Saber y ganar”.

– Siempre preferia que condujera el coche yo aunque nos perdiésemos o tardasemos horas en llegar a nuestro destino.

  • Todas mis propuestas eran el mejor plan del mundo, aunque fueran ir a casa de mi madre a ver como hacía mermelada de higos.

Llegó un momento en que me creía perfecta y era insoportable, o eso dicen mis amigos ahora (que en el momento no me lo decían a la cara). Aunque yo no me hubiera percatado de la situación sino hubiera encontrado un día a Fermín frente al espejo hablando solo. Con actitud serena miraba su reflejo y le decía: “No te merece, imbécil. No le llegas ni a la suela de los zapatos. Cualquier día se dará cuenta de lo bobo que eres y se irá. No es la primera vez que te pasa”.

Lo que más me asustaba no es que hablase solo (que también), sino que realmente tuviese una opinión tan baja de sí mismo. Así que sí, le dejé, pero no por mí, sino por él (el clásico “no eres tú, soy yo querido”). Podría seguir estirando mi reinado pero ni yo estaba siendo realmente yo, ni él estaba siendo realmente él. Y como dicen esos proverbios guays de Mr Wonderfull, “tienes que aprender a amarte a ti mismo para poder amar a los demás”.

Pesadilla antes de las vacaciones
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