Todo el mundo tiene en su entorno cercano al típico listillo que lo sabe todo, puede ser un jefe, un cuñado, un compañero de estudios o en mi caso, una cita. Me refiero a ese tipo que si tú has estado en las cataratas del Niágara, él las ha navegado. Si tú has atravesado los Andes, el construyó los caminos que pisaste. Si tú descubres un pueblecito encantador y perdido en la sierra, a él ya le han nombrado hijo predilecto. Como lo denominamos entre mis amigas, uno de Tolosa, porque tolosabe.

Antonio pertenecía a este clan pero no sé porque razón mi amiga Lidia era incapaz de oler ese tufillo de insolente y marisabidillo que emanaba. Tanto insistió en lo fantástico que era que accedí a acudir a una cena para cuatro en el piso de Lidia y su marido. La clásica encerrona de la que luego sabes que será difícil escabullirte si la situación se pone tensa. Y de escaparse por la ventana olvídate, Lidia vive en un ático, en un edificio de diez plantas.

Como invitada educada llevé una botella de vino. No es que yo entienda mucho, pero mi hermano sí, y me recomendó una marca de esas con las que sabía que iba a quedar bien. Y allí estaba yo con mi mejor sonrisa, mi vestido más sexy (que no de putón, la línea es muy fina a veces) y mi botella tocando el timbre de casa de mi amiga. Me abrió la puerta el propio Antonio, que hizo la broma de que si era la repartidora de comida rápida me había equivocado de puerta.

La segunda en la frente vino cuando tras cogerme la botella se puso a mirar la etiqueta; tras un silencio un tanto embarazoso Antonio comentó que por supuesto que conocía la bodega, pero que la cosecha del año anterior había sido mucho mejor, y que eso lo sabía cualquiera que entendiera un poco de caldos.

¡¿Qué se había creído?! Mal empezábamos criticando el vino que había llevado. ¿Y además qué había traído él? Vale sí, había traído unas trufas, pero mi vino era estupendo. Opté por poner tierra de por medio e ir a saludar al marido de Lidia y ganármelo como aliado en caso de un duelo a muerte.

Nada más sentarnos a la mesa (le habían colocado enfrente para que fluyera la química) me preguntó en qué trabajaba. Le conté que había estudiado psicología y que trabajaba como orientadora en un instituto de secundaria. Cuando cuento a qué me dedico la gente suele calificarlo como interesante, difícil, necesario… Pero no, Antonio consideraba que era una labor inútil a la que solo recurren los débiles. “Sé que hay gente con más de treinta bastante acomplejada y fracasada, y por eso van al psicólogo. No encuentran su lugar y sienten que todo el mundo va más deprisa que ellos. A mí eso no me pasará nunca”.

Ilustración: Robert Smith

El mundo, en vez de ir deprisa, se detuvo de repente. Se instaló un sepulcral silencio en la mesa, me pareció ver incluso algunas plantas rodadoras pasando bajo las sillas. El marido de Lidia, que hasta entonces se había dedicado a contar con mucha concentración los guisantes de su plato, rompió el silencio: “¿Te ha vuelto a dar algún problemilla el coche?”. Regenta un taller mecánico y siempre que el coche hacía algo raro, lo llevaba. Le agradecí su preocupación y su rapidez en resolverlo. Pero Antonio no pudo reprimir su curiosidad y me preguntó por el modelo.

Nunca he dado demasiada importancia a los coches, los peregrinajes y penitencias por los concesionarios nunca han sido lo mío. Así que cuando vi un Ford Fiesta de color rojo caramelo con su volante, sus cuatro ruedas y sus cinco puertas ni me lo pensé. Le adopté. Antonio soltó una carcajada cuando se enteró del vehículo en el que me conducía por la vida. “¿Y con ese coche dónde pretendes llegar? El maletero es de juguete, siempre da problemas de arranque y el motor apenas tiene potencia” replicó el experto en vino, psicología y, ahora también, en coches.

Antes de que yo fuera a replicar al señor de Tolosa, Lidia me preguntó por mi viaje reciente a Lisboa con unas amigas. Antonio volvió a la carga “Seguro que hicisteis la típica turistada de ir a los sitios masificados y carísimos”. “Además que Lisboa es una ciudad antigua y fea, insegura, donde si te fijas en el bigote, no sabes distinguir entre hombres y mujeres” respondió por mí el de Tolosa.

Su risa hueca y vacía resonó en todo el salón. Me levanté de la mesa y le hizo un gesto (a estas alturas ya nada discreto) a Lidia para que me acompañara a la cocina. Le dije que ya no aguantaba más a ese cretino. “Es que él tiene un Audi A6, y sabe mucho de coches, por eso te aconseja” comenzó a explicarme mi amiga. “Es un hombre con muchas cualidades que no deberías dejar escapar”. Comprobé entonces que Lidia se había contagiado del efecto de obnubilación que suelen generar este tipo de seres. Era el mejor momento para marcharme a casa, una retirada a tiempo siempre es una victoria.

De camino de vuelta y con la carretera medio vacía vislumbré un coche con las luces de emergencia en el arcén. Reduje velocidad y ¡oh sorpresa! allí estaba Antonio agachado, como buscando algo en el maletero de su flamante A6. Pensé que habría sufrido alguna avería, que podría estar en apuros, que por esa carretera no pasaba ni la muchacha de la curva… Pero también pensé que le podían dar bastante por donde amargaban los pepinos, que su coche era mucho mejor que el mío y que seguro que tendría alguien a quien llamar para que fuese a por él.

Poco me duro este sentimiento de maldad concentrada, frené en seco y di la vuelta para ver si podía ayudarle. Mientras cruzaba la carretera empecé a oír unos ruidos raros, como aullidos, ¿algún animal herido? ¿Un extraterrestre en apuros? Según me iba acercando me di cuenta de que los cristales del coche del muchacho de Tolosa estaban llenos de vaho y que Antonio no estaba solo ni mucho menos. Esos “aullidos placenteros” provenían de la mujer que estaba debajo suya en la parte de atrás del vehículo. Se trataba de mi amiga Lidia.

Fran, el confiado
Jaime, el encantador II
Categories: Citas

2 Responses so far.


  1. maría dice:

    Uf!No me esperaba el final, muy bueno!. Esther, con razón te vendía Lidia las cualidades del de Tolosa!!!

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