Dicen que el dinero no da la felicidad, pero ayuda. Y estoy de acuerdo, pero de ahí a ponerlo como tu prioridad en la vida, hay un paso. Me explico, no aguanto la gente rata, la que está pensando continuamente en el dinero, calculando y recalculando hasta el último céntimo que gastan. Aquellos con los que te vas de viaje y en el desayuno dividen la cuenta para pagar únicamente el importe de su café. Tú has tomado desayuno completo (café con tostada) y a ver si ellos tienen que sufragar la diferencia (50 céntimos la mayoría de los casos).

Por ese motivo, cuando una compañera de la escuela de idiomas (el mejor sitio para aprender inglés, nada de profesores particulares como Luca) me habló de su primo Álvaro y me aseguró que su única pega era ser un poco agarrado con el dinero, me puse en guardia.

La pertinaz sequía, y comprobar en varias fotos que era bastante atractivo, me animaron a quedar con él y ser su cicerone, puesto que acababa de mudarse a Madrid. Se empeñó en recogerme en mi casa, todo un detalle, y en dar una vuelta al parque de El Retiro. Un plan sencillo y romántico para ir conociéndonos mejor.

Después de un agradable paseo y una buena conversación le propuse tomarnos algo en una terraza para continuar con una cita que estaba resultando prometedora. Hasta ese momento.

  • ¿Has visto los precios de las consumiciones? ¿Cuatro euros por una cerveza? Me parece una tomadura de pelo.
  • Tampoco nos vamos a arruinar por cuatro eurillos.
  • Me parece despilfarrar el dinero. Si tienes sed, podemos comprar unos refrescos y nos los tomamos en un banco al sol.
  • (Yo que pensaba que ya había pasado la época de la yonquilata con la bolsa de plástico) No te preocupes, invito yo, no pasa nada, vamos a sentarnos.

No quise volver a tocar el tema del dinero y del despilfarro para evitar confrontaciones, pero cuando Álvaro preguntó al camarero donde había un enchufe para cargar su móvil aluciné. (No quería sentarse en una terraza pero si aprovecharse de su electricidad). Aunque aluciné todavía más cuando llegando a mi casa, justo antes de bajar del coche, me pidió la mitad del importe de la gasolina que había gastado.

Ilustración: Guillermo Sanchidrián

No estaba de broma; lo justo, según él, era que le diera la mitad del combustible consumido, para eso había ido a buscarme a casa y me había traído de vuelta, un trayecto que no habría hecho si no hubiera quedado conmigo. Un avaro de manual vaya.

Con los ojos como platos y diez euros menos en el bolsillo llegué a mi casa. Transcurridos unos días me mandó un Whatsapp para volver a quedar -no iba a llamarme que eso sería un despilfarro-. Lo cierto es que no sé porque accedí. Supongo que porque al margen del dinero (o su actitud hacia él) la cita había estado muy bien.

En esta ocasión, en lugar de ir a algún parque u otro lugar donde no hicieramos gasto, me invitó a cenar en su casa. Pero me advirtió que lo justo sería que llevase yo la comida, ya que él ponía la casa. No daba crédito, ¿qué clase de invitación era esa?

Al abrirme la puerta de un quinto sin ascensor me sorprendió que todo el piso estaba iluminado con velas, a lo Cincuenta sombras de Grey. Un detalle muy romántico y cuidado que le hacía ganar puntos a Álvaro.

Saqué la comida que había cocinado y me percaté de que la decoración de la casa era bastante sobria, apenas cuatro muebles y paredes vacías. Además, hacía un poco de frío, y se lo hice notar. Álvaro adoptó un tono seductor para responderme que así tenía la oportunidad de abrazarme y darme un poco de su calor humano.

Ilustración: Guillermo Sanchidrián

Me zafé de su abrazo diciendo que necesitaba ir al lavabo a retocarme la nariz (empezaban a aparecer carámbanos del fresquete). No estaba iluminado con velas sino con una débil bombilla que me permitió comprobar que tanto el cepillo de dientes, como el peine, como los jabones, y también las toallas, eran amenities de hoteles.

De vuelta al salón Álvaro estaba encendiendo su ordenador para poner un poco de música de ambiente. Por supuesto, le tomaba prestado las claves de Wifi y del Spotify a sus vecinos, cada vez uno, para que no lo descubrieran.

La cena transcurrió en silencio. Yo estaba helada y no me apetecía su dosis de calor humano, sino la dosis de calor de calefacción, calor eléctrico, o calor de leña. Cenar con el abrigo, la bufanda y el gorro puestos no era muy cómodo. A la hora de los postres (un rico tiramisú que me había currado) Álvaro me dijo que tenía una sorpresa. Del único armario que había en el salón, sacó un cuadernito y un lápiz (del Ikea) y me confesó que me había escrito un poema.

Ni rimaba mucho ni era especialmente bonito, pero me enterneció, y hasta logró que me quitase la bufanda y el gorro. Pensé entonces que lo más sensato era que si nos íbamos a liar y a quedar como Dios nos trajo al mundo, mejor en mi casa, calentitos. Aunque sabía que tendría que pagar yo todo el importe del taxi.

Afortunadamente, su contención a la hora del gasto no era pareja a su generosidad en la cama, y en resumidas cuentas, lo pasamos bien. A la mañana siguiente y, para demostrarle que no pasa nada por gastar, preparé un suculento desayuno, con tortitas caseras, zumo recién hecho, mermelada de la buena…

  • Es la mejor mermelada que he comprado en mi vida. ¿Te importa si me llevo el bote para buscar la misma marca en mi barrio?
  • Claro, no te preocupes. (No importa que el bote esté lleno. Y ¿a quién quieres engañar? Fijo que no compras nunca mermelada y tiras de los botecitos que dan en las cafeterías)
  • Y este zumo está delicioso, son unas naranjas excelentes. Lástima que en mi barrio no hay fruterías tan buenas.
  • Llévate unas pocas si quieres. (Fijo que en tu nevera solo hay naranjas los cuando agricultores las regalan para protestar por los precios)
  • Estoy llenísimo, ¿nos sentamos un rato a ver la tele y hacer la digestión?
  • Si quieres… (Ahora que recuerdo, en su casa no había tele)

Tres horitas que estuvimos viendo la tele, ni que tuviéramos que digerir una paella. No sabía cómo decirle que se marchase, que era régimen de alojamiento y desayuno, no pensión completa.

Me preguntó entonces si no le importaba que se diera una ducha. Por supuesto que no – mentí- pero luego tendrás que irte que tengo que trabajar. Álvaro se tomó su tiempo en el lavabo, debió de experimentar la maravilla de los geles que no son “robados” de hoteles.

Cuando salió por fin de mi casa respiré aliviada; solo hasta que comprobé que además de la mermelada y las naranjas, se había llevado la mascarilla suavizante, una crema exfoliante para el cuerpo y dos rollos de papel del wáter. Me despedí mentalmente de ellas, y de Álvaro. Cada cita me estaba costando dinero y, además, corría el riesgo de contagiarme de su tacañería. De momento ya había aprendido cómo robarle el Wifi al vecino.

Ramón, el gafe
Héctor, el fisioterapeuta
Categories: Citas

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