Que levante la mano quien no haya tenido un ligue de verano. No seáis tímidos, hasta hace poco yo pertenecía al grupo de vírgenes en ese terreno. Supongo que porque nunca había veraneado en la playa correcta con ese hamaquero golfete y buenorro. O ese dulce guiri perdido en el encanto y sosiego de un pueblecito rural. O ese patrón de barco de sonrisa eterna… pero ¿qué digo? Si me mareo en las barcas del Retiro.

Ya que la mayor parte de mis amigos veranean en parejas o en grupos de parejas (no sé qué es peor) siempre me voy unos días de mis vacaciones al pueblo de mis abuelos. Una alternativa económica y muy saludable donde nunca falta una entrañable tía-abuela que me dice: “Te vas a quedar para vestir Santos Esther”. Para luego añadir “Hay que ver lo flaca que estás, a saber qué comerás por ahí”.

Este año opté por ir coincidiendo con las fiestas locales, no es que me apasione subir a la cucaña o pasarme seis horas procesionando, pero en esta ocasión me dio por ahí. Justo el día de mi llegada había verbena en la plaza y mi padre se puso pesado con que le acompañara y así bailaba un pasodoble con él. Ganas no tenía ninguna pero el chantaje sentimental dio resultado y al final esa noche acabé bailando con mi padre, el tío Segis, el primo Marcial, su cuñado y hasta el cura del pueblo.

Todo ello amenizando por una rica limonada casera que ríete del tequila o del vodka, no sé cuántos mil grados tendría. La orquesta que tocaba se llamaba Acuarela y era muy animada. Iba alternando clásicos populares como Los Pajaritos con algo más moderno como Bomba o Dale más gasolina.

Acuarela contaba con una cantante de mucho escote y lentejuela (haciendo las delicias de los paisanos), un guitarra, un batería, un saxo y un teclista. No parecía la típica orquesta al uso, pero el escenario siempre aumenta el atractivo. El caso es que yo me había percatado de que uno de los miembros de la banda no me quitaba ojo, pero bastante tenía con no perder el equilibrio mientras los bailongos de mi familia me hacían girar como una peonza.

Si pensáis que era el saxo que interpretaba de manera muy sexy algún tema de Kenny G o Michael Bolton os equivocáis. Era el teclista, que se daba un aire a Nacho Cano en su época ochentera tocando los teclados a dos manos.

Ilustración: El mono que pinta.

En uno de los intermedios de la verbena se acercó a donde yo estaba, recobrando el aliento después de tanto baile, a pedirme fuego. Me preguntó si era del pueblo y si me estaba gustando su actuación.

En vez de mentirla como una bellaca le conté la verdad, que no me estaba enterando demasiado, y que tenía a todos los hombres del pueblo pendientes de nuestra conversación, especialmente los de mi familia.

Entonces hice lo que todas mis primas mayores me contaba que se hacía cuando se ligaba en el pueblo: citar al mozo en cuestión en la tapia del cementerio. Y allí que fui yo al final de la actuación pensando en cómo sería besar a un artista, aunque fuera del teclado.

Los alrededores de la tapia estaban bastante oscuros por lo que no llegué a percibir las zarzas antes de meterme de pleno en ellas. Menos mal que el teclista salvador, Alex para más señas, acudió raudo a rescatarme.

Nos echamos a reír como locos por lo absurdo de toda la situación (y por lo pedo que seguía yendo yo) y nos besamos. Como dos adolescentes enfebrecidos y allí mismo, en la tapia del cementerio, nos dimos el lote como si no hubiera mañana. Aunque el sitio no era de lo más romántico precisamente, fue una noche estupenda en la que Alex no solo estuvo tocando los teclados.

Al día siguiente, y con cero resaca (olé por la limonada casera), tenía un mensaje del artista anunciándome que tocaban en un pueblo vecino y que si me apetecía ir a verle. Sin pensármelo le dije que sí, que claro, que me moría de ganas de verle, de tocarle, de abrazarle… y él me dijo que sí, que vale, pero que me pasase a buscarle para ver si podía llevar los teclados y un par de altavoces en mi coche.

A la verbena del pueblo vecino le siguió otra verbena en otro pueblo un poco menos vecino, con los teclados, un altavoz, el saxofón y el que tocaba el saxofón en mi coche. La verbena siguiente ya fue en otra provincia, y venía incluida con el guitarra y una nueva cantante de la orquesta.

cosasteclista2Y allí estaba yo, como el burro esperando en la puerta del baile, que diría Manolo García, aguantando hasta el final de cada actuación, para disfrutar de un rato de intimidad con Alex en cualquier rincón agreste. (Que mi coche estaba cargado con los trastos).

Hubiera continuado al siguiente bolo de no ser porque una de aquellas noches de Los Pajaritos y la Bomba se acercó la cantante y, con mirada apenada, me contó que yo no era el primero ni sería el último ligue de verano de Alex. Todos los veranos el teclista se buscaba una chofer y luego cuando llegaba septiembre “si te he visto no me acuerdo”.

Me hubiera gustado no creerla y que fuera una ex despechada rencorosa pero me rendí a la evidencia. Cada verbena era más lejos, llevaba más trastos y, lo que es peor, cada vez pasábamos menos rato juntos y le ponía menos entusiasmo. Así que en ese mismo momento me di la vuelta y me marché.

Alex ni me llamó, ni me mandó un Whatsapp, ni una señal de humo, ni una paloma mensajera, ni nada. La última vez que supe de él fue cuando le vi en el casting de Operación Triunfo. Me alegré cuando no pasó ni la primera ronda.

Marta, una loba solitaria.
Fran, el confiado
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