¿Alguna vez habéis conocido a alguien guapo, guapo, pero guapo de llorar? Yo sí. Se llamaba -o se llama que tampoco le deseo la muerte- Adriano; y cada vez que venía al colegio a vendernos los suministros químicos (para sanitarios) el aire se llenaba, primero de su potente y seductor perfume y, después, de suspiros femeninos.

Además de ser alto y atlético, tener un pelo perfecto de anuncio y esa voz a medio viril entre lo suave y lo viril en la línea de Brad Pitt, tenías unas manos tan bonitas que con solo mirarlas ya no podías dejar de pensar en el torno de alfarería de Ghost.

Con todo esto el primer día que Adriano me invitó a un café (vale que era de maquina, costaba 40 céntimos y encima pagué yo porque él no llevaba suelto pero era una invitación a café al fin y al cabo) sentí que levitaba sobre las aguas. De ese café en el que yo solo sabía decir que sí a todo y reírme con una risa floja odiosa, surgió nuestra primera cita para el viernes de esa semana.

Quedamos en un gastrobar muy cool que se había puesto de moda gracias al propio Adriano y en el que había gente igual de guapa que él o más. Mi adonis se pasó toda la velada hablando de sí mismo, en ocasiones hasta en tercera persona. Lo que llegué a agradecer porque así no reparaba en el enorme grano que me había salido en la frente fruto del estrés de la cita. Me estuvo contando cómo fue su infancia y su adolescencia, como pasó de ser un patito feo que no sabía sacarse partido ni combinarse la ropa a un hombre seguro de si mismo (o más bien enamorado diría yo). Cada vez que pasábamos por un espejo, podía ser el del ascensor del parking o un escaparate de una tienda de televisores, Adriano se miraba para comprobar que tenía bien el pelo y que no se le marcaba ni una arruga en su perfecta camisa que se ajustaba a su perfecto torso.

En nuestra segunda cita fuimos de compras un centro comercial lleno de tiendas pijas de marcas de las que no había oído hablar. Adriano me regaló un par de zapatillas deportivas iguales que las suyas. Yo no entendía las razones del regalo, más aún, después de saber el precio. ¿Me estaba diciendo que mi calzado era horrendo o que ya éramos pareja por ir con las zapatillas iguales? Ninguna de las dos opciones me convencía.

Ilustración: Guillermo Sanchidrian

La tercera cita fue en un spa donde Adriano me había apuntado a un buen número de tratamientos. Nada de burbujas de amor por donde quiera, como decía la canción de Juan Luis Guerra. La sorpresa final era que también me había apuntado al gimnasio de la lado de su casa para que fuéramos los dos y pasásemos más tiempo juntos. Las ganas de verle con pantalones cortos me nublaron el pensamiento y dije que sí.

Lo curioso de todas estas citas es que como mucho me había llevado unos cuantos besos, con suerte algunos con lengua, pero nada más. Teníamos una especie de rutina de pareja pero sin la mejor parte. Adriano me seguía colmando de regalos: zapatos de tacón imposible, vestidos ceñidísimos que ya me cabían de todo lo que había perdido en el gimnasio sudando como si no hubiera mañana, servicios de peluquería en centros donde él solía acudir regularmente…

Dejé de quedar con mis amigas porque apenas tenía tiempo. Además del gimnasio y los tratamientos, Adriano me apuntó a clases de francés porque era un idioma muy elegante y romántico – a ver si no le iba a entender cuando me susurrase guarrerías en la cama– y los fines de semana íbamos a restaurantes super chulos o quedábamos con sus grupos de amigos guaperrimos.

Ilustración: Guillermo Sanchidrian

Nada como una madre para ponerte los pies en la tierra. Una noche al volver del gimnasio estaba esperándome en la puerta de mi casa. (Soy mala persona por no darle las llaves pero tiene una explicación).

  • Llevas casi dos meses sin dar señales de vida. No contestas a mis mensajes ni llamadas. Estoy muy preocupada por ti, así me agradeces las 16 horas que tuve de parto.
  • Perdona mama, he estado muy atareada porque estoy saliendo con alguien y mi vida ahora es diferente.
  • ¡Y tan diferente!, estás en los huesos, y te has cambiado el pelo y te has blanqueado los dientes. Si sigues así, no te voy a reconocer por la calle.
  • Puede que esté algo cambiada mamá, pero a mejor. Adriano lo dice.
  • ¿Adriano? , ¿ese es con el que estás follando todo el día y te tiene en los huesos?

Y mi madre dijo la palabra mágica: follar. Llevaba casi dos meses de relación con una persona con la que apenas había tenido contacto físico. Éramos pareja como el Ken y la Barbie, solo para figurar. Le dije a mi madre que lo sentía y que tenía que ir a hacer una cosa muy importante.

Con el sudor del gimnasio todavía impregnado en mi piel me planté en la puerta de Adriano y llamé al timbre:

  • Esther, no me habías avisado de que venías. Me pillas sin arreglar.
  • Para lo que vengo no hace falta que te arregles. O me echas el polvo del siglo aquí y ahora o me voy por esa puerta y no hace falta que me llames ni me busques más.
  • ¿Ahora? no estoy bien depilado y, aparte, esas cosas no funcionan así. Necesitan un tiempo de calentamiento.
  • ¿Más tiempo de calentamiento? Tengo el horno a punto de implosionar querido. No quiero más gimnasios ni peluquerías ni clases de francés. Será que después de la paliza que me he dado ya no te pongo.
  • Lo cierto es que antes me gustabas más, pero ahora… eres como toda la gente con la que me relaciono.
  • ¿Y no era eso lo que querías?

Cuando pronuncié esas palabras en voz alta lo vi claro. Adriano quería una chica para jugar a las muñecas, vestirla, arreglarla, pasearla pero nada más. Y yo para ver a chicos guapos, desearlos y no poder tocarlos tenía Cosmopolitan tv. Ciao Adriano.

Di-ego, el actor.
Simón, el de la boda II
Categories: Citas

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